I
13 de Febrero de 2000.
En el Monasterio de La Encarnación las monjas Agustinas Recoletas se disponían a reunirse ante la llamada de la pequeña campana del refectorio para preparar los rezos de la hora de Vísperas. A pesar de no ser la primera oración del día, que se realizaba aproximadamente sobre las tres de la madrugada, ésta también era una de las horas mayores, y por lo tanto debía cumplirse con el precepto de congregar a toda la comunidad en el recinto de la iglesia para iniciar la oración. Plegarias y cánticos de alegría se sucedían, elevando al Santísimo peticiones para que concediera a sus devotas siervas la fortaleza suficiente para emprender con humildad, y sobre todo obediencia, las tareas cotidianas del convento. Pero aquel día algo diferente hacía pensar que su plácida rutina había sido violada. Esta regia institución, a la que antaño pertenecieron damas de la alta nobleza, fue inaugurada por la reina Margarita de Austria y por Felipe III a comienzos del siglo XVII, y desde su fundación nunca una hermana había faltado a Laudes.
—Padre Damián, disculpe —la monja repiqueteó levemente con los dedos en la puerta que daba acceso a las dependencias del sacer- dote, una antigua habitación, antiguamente en desuso, y que desde su llegada al convento allá por el año mil novecientos noventa era utilizada como despacho.
La Madre Abadesa, a sus sesenta y cinco años, intentaba disimular su nerviosismo escondiendo sus sudorosas y rollizas manos entrelazadas bajo las holgadas mangas de su hábito mientras esperaba con una fingida paciencia a que el sacerdote confesor asignado al Monasterio le diera permiso para entrar.
—Pase, madre, pase, por favor —unas grandes manos, propias de un hombre de su estatura y de una complexión considerable, hicieron descender pausadamente la doble página del periódico.
—Con su permiso, Padre Damián —la Madre Abadesa, plantada a escasos centímetros de la mesa del escritorio, parecía no poder controlar su desasosiego ni un minuto más—. Tengo que hablar con usted de un tema muy delicado.
Pasaban unos veinte minutos de las doce del mediodía cuando el subinspector de policía del Distrito Cuatro, Andrés García, se quedó boquiabierto al entrar a la pequeña habitación del motel La Cabaña. En sus catorce años de carrera jamás había contemplado nada igual, ni siquiera parecido. Su ancha complexión le daba una apariencia de hombre fuerte; no obstante, se consideraba un hombre del montón aunque su única cruz eran los tres o cuatro paquetes de cigarrillos que fumaba todos los días.
Una pequeña ventana en visible estado de deterioro era el único elemento que aportaba una tenue luz diurna a la estancia y al espectáculo dantesco que allí se contemplaba. Los olores entremezclados de incienso y cera, junto al olor de la sangre, hacían que el permanecer allí resultara agobiante. El subinspector García, por medio del haz de luz de su linterna, se dispuso a observar detenidamente toda la habitación mientras daba tiempo al dueño del motel para que trajera una bombilla de repuesto.
—Por los fragmentos que hay esparcidos en la moqueta, parece ser que la han roto con violencia —le dijo en voz alta a su compa- ñera, que flanqueaba la puerta impidiendo el acceso no autorizado de los posibles curiosos, al tiempo que señalaba a la lámpara.
La habitación parecía un pequeño santuario. García contó hasta diecisiete estampas con la figura de Cristo bordeando el marco de madera negro del espejo. Los ojos rasgados, que eran su fuerte a la hora de atraer al sexo femenino, se paseaban por las imágenes en busca de alguna pista que diese luz a aquel espeluznante panorama. Todo, hasta el más mínimo detalle, era importante. Debajo del espejo, la repisa de una cómoda vieja a la que le faltaba algún cajón hacía las veces de pequeño altar donde, de forma meticulosa, se habían acumulado docenas de cirios y velas, la mayoría de ellas consumidas, rodeando estatuillas de vírgenes.
Pero eran tres sencillas palabras, en el centro del espejo, las que reclamaron toda su atención, protagonistas indiscutibles de un paisaje aterrador. ”SÓLO QUEDÁIS CUATRO”.
La función de la Madre Abadesa dentro del organigrama del convento consistía hacerse cargo de todos los temas relacionados con su administración.
—Usted dirá —el Padre Damián, dejando a un lado el periódico, se dispuso a prestarle toda su atención con los dos ojillos grisáceos y escrutadores que la enfocaban bajo un rostro anguloso cuajado de pecas. Mientras tanto, la Madre Abadesa tomó asiento cuidadosa- mente—. ¿Qué sucede, madre? La noto muy nerviosa. Me está preocupando.
La Madre Abadesa, tras un leve titubeo, aclaró su garganta antes de exponerle los hechos.
—Perdone si lo he incomodado, pero es que desde ayer he notado la ausencia en el convento de la Madre Superiora.
— ¡Por Dios! ¿Qué me está diciendo? — El cuerpo del Padre Damián dio un pequeño brinco en su asiento a causa de la sorprendente noticia—. ¿Está usted segura de eso?
—Sí, Padre. Al principio, al no verla en Maitines, pensé que se había retrasado. En Laudes incluso pensé que tal vez estaría enferma, pero rápidamente olvidé el tema debido al resto de mis obligaciones. En el resto de rezos correspondientes a las horas menores, como sabrá, nos autorizan a mantenernos en nuestros lugares de trabajo, así que me fue difícil apreciar su ausencia —mientras narraba su detallado itinerario, la Madre Abadesa se pasaba nerviosamente las manos por en- cima de su hábito desde los muslos hasta las rodillas—. Ha sido precisamente al ir a su habitación para transmitirle un incidente con el vino cuando me he dado cuenta de que la estancia estaba intacta, como si no hubiera dormido siquiera en ella. Siempre que falta a los rezos por algún motivo me lo comunica, pero esta vez no ha sido así.
—Tranquilicémonos, Madre. Mejor será esperar hasta la hora del almuerzo —la mirada del Padre Damián se perdía en el infinito. Aquello era tan inusual que, haciendo memoria, no recordaba que hubiera en el reglamento interno del convento ningún protocolo de actuación para aquellos casos, así que debería guiarse por su propio instinto e improvisar sobre la marcha.
— ¿Debo decirle algo al resto de la Congregación? —la Madre Abadesa, todavía perturbada, se deslizó sigilosamente hasta la puerta acompañada de cerca por el sacerdote.
—Tengamos serenidad, madre —le dijo, tranquilizándola—. De momento debemos mantener la discreción antes de adelantarnos a los acontecimientos. En cuanto me entere de lo que ha pasado será la primera en saberlo —añadió, dando por zanjada la conversación.
La Madre Abadesa aceleró su corto caminar a través del claustro en dirección a las estancias que desembocaban en la iglesia. Mientras daba órdenes y ayudaba en los preparativos, sus años de experiencia le facilitaron no dudar en aquellos momentos y mucho menos demostrar al resto de la comunidad que el convento se veía huérfano de mando. Era muy consciente del peso que recaía ahora únicamente sobre su persona.
El subinspector García, girando sobre sus mocasines, enfocó en esta ocasión la linterna en dirección a la pared central. “Curioso”, masculló para sus adentros. “¿Para qué tantas alcayatas si no hay ningún cuadro?”.
A la izquierda, en la otra pared, se alineaban un sinfín de artilugios sexuales para la práctica del sado: fustas, látigos, esposas de cuero, colla- res de adornos puntiagudos y cadenas estaban colocados con la misma minuciosidad que presentaba el altar de las vírgenes, aunque en este caso no cabía duda de cuál era su utilidad. Ajeno a todo lo que le rodeaba, un traje negro de cuero de ama, con antifaz incluido, esperaba paciente su nueva entrada en escena pulcramente plegado y descansando sobre una silla de tortura de diseño un tanto complicado.
Dos mesillas gemelas flanqueaban el cabezal de la cama; en la de la derecha reposaba un Nuevo Testamento de tapas de cuero envejecido; en la de la izquierda, un montón de preservativos sin abrir y una caja llena de juguetes eróticos. El subinspector García se secaba el sudor de su frente con la palma de la mano debido al mono del tabaco. A pesar de su adicción, una cosa tenía clara: nunca fumaría en la escena de un crimen. Una y otra vez, la pequeña columna de luz azulada de su linterna se paseó por el lugar. La visión habría complacido los delirios del pervertido más exigente. Aquello no era fácil de definir. En el centro de la estancia, sobresaliendo entre el revoltijo de sábanas y telas ensangrentadas, se distinguían las piernas, brazos y tronco del cuerpo de una mujer vestida con un hábito de monja, con los brazos en cruz y maniatada con esposas de metal gris a los extremos de la cama. Las piernas, por el contrario, se presentaban entrelazadas y con los pies montados uno sobre el otro y clavados entre sí, tal como se veía en las estampas de las crucifixiones. Por su cuerpo, repartidos como girasoles en un campo, catorce crucifijos ofrecían al subinspector sus elaboradas confecciones. Una pequeña bolsa, de las utilizadas en el motel para desechos de aseo personal, se ajustaba a la cabeza de la víctima, dificultando su identificación.
El Padre Damián había iniciado su investigación personal en la tranquilidad de su despacho, a unos metros de distancia de la frenética actividad de las hermanas. Entre la montaña de libros, ficheros y a chivos encontró el registro de ausencias que abrió con determinación por las primeras páginas; sólo un caso se asemejaba al actual: una única anotación figuraba en el libro, y protagonizada por la misma persona: Lucrecia Domínguez. Los motivos se aclaraban con un escueto apunte en el apartado de observaciones: ausencia de cinco días por ingreso y cuidados hospitalarios. Todo ello se remontaba a la primavera de mil novecientos noventa y cinco.
“¿Dónde demonios se habrá metido esta mujer? —Sin poder evitar nombrar al diablo en su exclamación, las preguntas se sucedían una tras otra—. ¿Qué le habrá pasado? ¿Estará relacionada su ausencia con causas familiares? Quizás esté haciendo alguna gestión, o de visita en otro convento. Pero, todo eso es imposible, son monjas de clausura, y de ser así… ¿por qué no se lo dijo a la Madre Abadesa? Es como si se la hubiese tragado la tierra. Quizás alguien la vio por última vez…” Parecía haber tantas cosas que aclarar que decidió posponerlo para consensuarlo con la Madre Abadesa.
No encontró ninguna respuesta. El paso de los minutos acentuaba su impotencia y la necesidad de saber algo, y lo único que se le ocurrió fue telefonear a todos los hospitales de Madrid.
Uno tras otro fue tachando nombres de la interminable lista de la guía telefónica que descansaba sobre su escritorio. Las recepcionistas de los centros de salud donde llamaba siempre le respondían con la misma cantinela: ni en los Hospitales Universitarios, ni en el Gregorio Marañón, ni en el de la Princesa, ni en el de San Carlos, ni en el de La Paz, ni en el de Santa Cristina habían registrado en las últimas horas la entrada por urgencias de ninguna mujer con aquel nombre, ni siquiera de ninguna mujer vestida con indumentaria de monja. Así que, continuando con las residencias de menor importancia o más distantes del centro de la ciudad, inició de nuevo su escrutinio telefónico. Pero no había manera: en los hospitales de San Camilo, de San José y en el Carlos III le respondieron lo mismo; incluso sabiendo de antemano lo que le iban a responder incluyó en su búsqueda al Hospital Infantil Niño Jesús.
La aproximación de unas pisadas torpes interrumpió el silencio del lugar. El dueño del motel llegaba corriendo con la bombilla nueva, tal y como le había prometido al subinspector. La agente Marta lo paró bruscamente con un leve movimiento de cabeza sin dirigirle la palabra e impidiendo que traspasara la puerta de la habitación. Con gesto escueto y efectivo extendió la mano de forma imperiosa para que le diese la bombilla; ella se la entregó a su vez al subinspector para que la repusiera. Ahora todo estaba a la vista.
— ¿Era asidua del motel? —el subinspector, sin apartar la vista de la víctima, giró un ápice la cabeza hacia la izquierda, dirigiéndose al dueño.
—Sí. La monja tenía pagada la habitación para un año entero—su voz denotaba que aún estaba conmocionado.
— ¿Cómo sabe usted que era monja de verdad? La vestimenta no quiere decir nada —el subinspector se giró y lo miró fijamente, al tiempo que sus gruesas cejas formaban una pronunciada interrogante en su ceño.
—Pues… porque lo era. Aquí viene gente de todas clases, pero ella siempre venía vestida de monja. La curiosidad me hizo preguntarle un día entre bromas si me podía confesar y parece que no le sentó muy bien; es más, ella misma fue la que me dijo que pertenecía a un monasterio, si mal no recuerdo. Creo que me dijo que al de la Encarnación o algo así.
— ¿Y usted la creyó? —el subinspector absorbía toda esta información sin perder de vista al desaliñado joven.
—Mire, jefe, a mí me pagaba bien, y en este negocio mejor no saber mucho de los demás. Vive y deja vivir, ¿entiende? —con un encogimiento de hombros, el dueño del motel dio como respondido y zanjado el tema.
El paso del tiempo y la falta de limpieza habían dejado huella debajo de cada alcayata donde supuestamente habrían pendido en su momento los elaborados crucifijos. García pensó que lo mejor sería retomar la investigación por donde la había dejado.
Los coágulos de sangre formaban un collage abstracto por las paredes, combinándose con las salpicaduras que impregnaban toda la estancia, en algunas zonas más compactas que en otras, formando grumos, creando así un entramado difícil de sortear. Ahora que la estancia estaba más iluminada, se acercó de nuevo al escrito del espejo. Mirándolo con detenimiento, observó que el mensaje, “SÓLO QUE- DÁIS CUATRO”, había sido escrito con sangre.
Un repiqueteo en la puerta le hizo cesar automáticamente la frenética acción que unos instantes antes le había ocupado. Sacando del cajón un pañuelo de papel, el Padre Damián se secó rápidamente el diminuto reguero de sudor que le cubría la frente e inspiró dos grandes bocanadas antes de contestar.
—Pase, pase —dijo, intentando disimular su malestar.
La puerta se entreabrió apenas unos centímetros, los suficientes para que el sonido tenue procedente de una voz femenina le susurrará su mensaje.
—Todo está preparado para la misa, padre.
—De acuerdo, ahora mismo bajo, hermana.
El Padre Damián, sin perder un instante, se sirvió un vaso de agua del dispensador automático con el que le habían obsequiado el verano anterior y, consumiendo con avidez el fresco y líquido contenido en su garganta, se dispuso a marchar con zancadas marciales hacia la iglesia. El oficio de Vísperas le estaba esperando. Ya tenía las llaves encaradas a la cerradura para cerrar la puerta cuando un rápido pensamiento le vino a la mente. Retomando sus pasos, volvió a entrar. Sobre el ángulo derecho de la mesa, de un taco de post-it amarillos arrancó uno y, con trazo anguloso y legible, escribió: “Urgente, llamar sin falta al obispo”.
Andrés García ordenó a Marta, la compañera que le habían asignado hacía dos meses, que entrara para que echara un vistazo, no sin antes advertirle, pese a que sus veintiséis años no se correspondían con su madurez, de lo que se iba a encontrar. Nada más entrar en la habita- ción, se llevó las manos a la boca reprimiendo una profunda arcada. Tras unos segundos de titubeo, en el transcurso de los cuales mantuvo los párpados entornados para mitigar un poco el impacto de la escena, se obligó a abrir los ojos en su totalidad. Las náuseas volvieron pese a todo, y se vio obligada a salir a toda velocidad hacia el aseo comunitario situado en el pasillo, a tres metros de la habitación. El subinspector García detuvo por un instante su inspección, que se centró en el extremo del asa de un bolso que sobresalía de debajo de la cama. Arrodillándose, y ayudado por la parte trasera de la linterna, tiró del asa hasta que el objeto se mostró ante él. Utilizó su pañuelo blanco de iniciales bordadas en colores chillones para no contaminar el bolso y su contenido con sus huellas. Entre los objetos de su interior el que más le interesó en aquellos instantes era el DNI de la víctima, que se encontraba en una sencilla cartera, pequeña y exenta de adornos, que le ofrecía en uno de sus compartimientos solapados el anhelado documento: Lucrecia Domínguez Santos, nacida en Salamanca en 1946.
Tras apuntar el nombre en su minúscula y arrugada libreta de espiral dio permiso a la policía científica para que entrara y realizara su trabajo. No esperó apenas a traspasar la puerta de la habitación para encenderse un cigarrillo, exhalando la primera bocanada de humo lentamente. La puerta del aseo se abrió chirriante junto a él, y Marta salió del aseo con el semblante todavía blanquecino y un diminuto rocío de sudor frío, al mismo tiempo que deshacía la cola de caballo que llevaba, dejando su cabello largo, rubio, y rizado al viento. Tras aliviar su estómago todavía se notaba exhausta por los últimos estériles espasmos.
— ¿Estás bien?
—Ya se me está pasando, gracias —pero, contradiciéndola, tras sus palabras otra arcada ascendió por su garganta, obligándola de nuevo a volver al aseo.
García, sacando su móvil del bolsillo interior de su gabardina, se dispuso a informar a su superior de lo ocurrido.
—Mi comisario, tenemos una mujer asesinada.
— ¿Dónde?
—En el motel La Cabaña, en una salida de la M30, a las afueras de la ciudad.
— ¿Dónde ha dicho? —su tono de sorpresa un tanto titubeante no pasó desapercibido al experto oído de Andrés.
—Motel La Cabaña, señor comisario…
— ¿Y dónde se ha encontrado el cadáver?
—En una habitación de la primera planta. La número 13 —con- testó mientras con su mano derecha hacía los cuernos y la golpeaba contra su muslo.
— ¡Mierda! No puede ser —balbuceó el comisario. García hizo caso omiso al comentario y continuó hablando.
—Parece ser que la monja pertenecía al Monasterio de La Encarnación… —repasando sus apuntes, Andrés le fue trasladando aquellos datos que supuso le serían de interés a su superior—. Según dice en su DNI, la víctima se llamaba… Lucrecia Domínguez.
— ¡Dios Santo, no puede ser verdad! —y, dicho esto, el comisario colgó repentinamente el teléfono.
II
14 de Febrero de 2000
Aquel día comenzó como todos los demás, sentado en la barra de la cafetería que había junto a la Comisaría y disponiéndose a tomar su escueto desayuno, consistente en un café descafeinado con sacarina y un cigarrillo americano extra largo. Al subinspector García ese primer café de la mañana le sentaba de lujo, sobre todo si lo iba saboreando mientras leía con detenimiento los titulares de las noticias de prensa. Rápidamente fue desechando todas aquellas páginas que no informaban del homicidio del día anterior, hasta que apareció ante sus ojos un escueto titular informando del hecho. Leyó la noticia absorbiendo cada frase, cada palabra, e intentando mirar más allá de lo que las líneas de imprenta le ofrecían a simple vista. “MONJA AGUSTINA DEL MONASTERIO DE LA ENCAR- NACIÓN BRUTALMENTE ASESINADA”. Dos líneas más abajo, después de la fecha de la publicación y del nombre de su columnista, aparecían algunos detalles más precisos y no tan sensacionalistas.
— ¿Habéis leído lo del motel? —preguntó García a algunos compañeros que estaban sentados a su lado.
Mientras los allí presentes comentaban el caso y aportaban sus propias conjeturas acerca del móvil del crimen, en una esquina del bar y apartado del resto se encontraba el inspector Hermida.
Hermida era un policía venido a menos, y se había ganado a pulso el apodo de “lobo solitario”. Sin embargo, y sin que sirviera de precedente, por alguna razón que aún no tenía claro la conversación que estaba escuchando le recordaba algo de su pasado. Aquel nombre, Monasterio de La Encarnación de las monjas Agustinas Re- coletas, le era familiar. Era la segunda vez en su vida que escuchaba el nombre de ese convento.
El teléfono sonaba insistentemente en el despacho del comisario de la Comisaría Sur del Distrito 4. A esas horas intempestivas, el ajetreo de un día normal comenzaba poco a poco a cobrar vida.
—Alberto Hernández al teléfono, dígame —el comisario se sentó en su cómodo asiento de cuero azul dejándose caer descuidadamente en él.
—Soy yo, Alberto —una voz profunda, grave y familiar hizo que a esas horas de la mañana el estómago del comisario se encogiera.
— ¿Cuántas veces te he pedido que no me llames aquí? —le con- testó visiblemente irritado después de unos segundos interminables de silencio.
— ¿Te has enterado de lo del motel? —la masculina voz queda estaba cargada de preocupación.
— ¡Claro que me he enterado! —respondió bajando el tono de su voz mientras miraba por encima de sus gafas para cerciorarse de que no era el centro de atención de nadie. La irritación del comisario iba en aumento—. Lo sé desde ayer. ¿Dónde narices te habías metido? Me pasé todo el día llamándote.
—Estaba en Zaragoza realizando un dichoso seminario. Pero eso ahora no tiene importancia. Vayamos al grano: ¿qué hay de cierto en lo que dice la prensa?
—Luis, si el cuerpo de la mujer que hemos encontrado se corresponde con el del DNI que tenemos… — hizo una pausa. — Lucrecia está muerta.
— ¡Dios Santo! ¡Eso no puede ser! ¿Pero qué hacía esa mujer en ese motel? ¿Y qué se sabe de su asesinato?
—No lo sé, Luis. Lo único que puedo decirte es que se la encontró el dueño del motel en la habitación número 13 —contestó.
— ¡Mierda! ¿Qué me estás diciendo? ¿Estás seguro de eso? —La irritación y cierta desesperación eran palpables en su voz—. Alberto, cierra el caso cuanto antes, te lo pido por favor.
—Luis, veré lo que puedo hacer, pero no vuelvas a llamarme más aquí. ¿Entendido? —añadió, colgando sin miramientos.
En el interior del convento el ir y venir de hábitos por todas las de- pendencias anunciaba el día de la limpieza general: el claustro, la sala de las reliquias, la sala capitular, el altar mayor, la repujada sillería del coro, del siglo XVII, la biblioteca, la cocina, los dormitorios, los despachos y la iglesia, todo debía limpiarse religiosamente cada lunes, sin excepción, aunque se realizaba un repaso el resto de los días.
Ajeno a este trajín, el Padre Damián cayó en la cuenta del post-it dejado a toda prisa sobre su escritorio el día anterior, que con todo el trasiego de los recientes acontecimientos se le había olvidado por completo. Una vez que terminó de arreglarse la sotana, se sentó en su sillón con el mismo cuidado del que siempre hacía gala y pulsó el interfono para convocar a la Madre Abadesa a la mayor brevedad. En un suspiro la Madre Abadesa estuvo sentada enfrente del párroco esperando indicaciones. El sonido impertinente del teléfono sobre- saltó a la sexagenaria. También se asustó el Padre Damián, que golpeó el teléfono tirándolo al suelo.
—Monasterio de La Encarnación —contestó finalmente mientras recogía el auricular y levantaba el cable con cuidado para no tirar nada más de la mesa.
—Soy el obispo Luis Almor. Lucrecia, la Madre Superiora, ha sido brutalmente asesinada. El caso está cerrado por orden del comisario Alberto Hernández —la voz queda escupía esas duras palabras sin ninguna contemplación—. Padre, le rogaría máxima discreción.
— ¿Monseñor…? ¿Monseñor…? —el Padre Damián se quedó con la palabra en la boca y tardó unos segundos en reaccionar. En el otro lado de la línea telefónica sólo se escuchaba ya el pitido familiar de una llamada cortada. Habían colgado sin esperar respuesta.
—Padre, ¿quién es? ¿Pasa algo? —ante el angustioso silencio que se estaba apoderando de la habitación, la Madre Abadesa se esperaba lo peor.
El sacerdote colgó el teléfono y tragó saliva.
—La Madre Superiora ha muerto. Ha sido asesinada —dijo con semblante compungido.
La cara de la Madre Abadesa se vio trasfigurada a una expresión de horror al recibir la dura noticia. Lágrimas de pesar recorrían sus dos rollizas mejillas. El Padre Damián se levantó como pudo de su asiento ofreciéndole un vaso de agua a la vez que su propio pañuelo para que secase las lágrimas. La monja no podía parar de llorar: había convivido con Lucrecia casi toda su vida y, a pesar de sus tiranteces, la convivencia diaria le había enseñado a aceptarla tal y como era.
—Tenemos que ser muy discretos con este tema —las palabras del Padre Damián sonaron como un latigazo en los oídos de la Madre Abadesa.
— ¿Me está usted pidiendo, padre, que no diga nada al resto de la congregación? —preguntó, modificando su postura encorvada por otra más enérgica, al mismo tiempo que le devolvía el pañuelo.
Haciendo un gran esfuerzo aguantó para sus adentros las ganas de llorar y se atrevió a insistir—: Padre Damián, perdone mi atrevimiento: ¿le he entendido mal o he de suponer que me está pidiendo que la información no salga de entre estas cuatro paredes?
El sacerdote la miró fríamente y, recordando las palabras de Monseñor, le contestó.
—Me ha entendido perfectamente. Por mi parte, pienso que de momento sería más conveniente para el devenir del convento mantener el secreto entre nosotros. El cerrar el caso de esta forma tan inesperada… no sé a usted, pero a mí no me parece nada normal.
Guardando silencio, el sacerdote esperó paciente la respuesta de la monja.
—De acuerdo, padre. Por mi parte, nadie en el monasterio sabrá de la muerte de la Madre Superiora hasta que usted me lo indique.
—A pesar de que el obispo me ha pedido encarecidamente que guardásemos la máxima discreción, yo tengo un amigo que me debe un gran favor y podríamos contar con él para que fuera nuestros ojos fuera del convento. Confíe en mí, madre; lo conozco hace muchos años y sé que Óscar Hermida no nos defraudará.
El comisario Alberto Hernández, tras colgar de malas maneras, salió volando de su despacho.
—Laura, anula la cita de las diez de la mañana y no me pases llamadas a mi móvil si no son importantes —ordenó a su secretaria mientras se subía la cremallera de su chaqueta.
Con el dedo puesto todavía en el botón del ascensor empezó a sonar su móvil. Sin mirar quién era, contestó con su amabilidad habitual. De nuevo, la voz queda le hablaba sin darle tiempo apenas de formular el saludo de cortesía.
—Soy yo otra vez, Luis.
—Ahora no puedo —contestó rápida y escuetamente para que el otro no notara la reacción de aversión que su llamada le provocaba—. Precisamente me pillas dirigiéndome al Instituto Nacional Forense, voy a identificar el cuerpo —voceó de forma desmedida para mitigar el ruido de las máquinas de bebidas cercanos, poniéndole al corriente de su nula disponibilidad.
—De acuerdo. Mandaré dos personas de mi confianza para la identificación del cadáver. No dejes de llamarme cuando confirmes lo que me has dicho; confío en ti como siempre —la voz al otro lado de la línea sonó algo más relajada que antes.
El comisario cogió el ascensor hasta el parking de la comisaría y, tras arrancar su flamante Audi A8 negro, se dirigió con muy pocas ganas a la identificación del cadáver de la supuesta monja.
El subinspector García estaba en la puerta del Instituto Nacional Forense junto a Marta. Los dos repasaban con su libreta todos los apuntes que había escrito el día anterior, esperando pacientemente a que su superior les diera la orden para poder empezar la investigación.
— ¿Está todo preparado? —preguntó el comisario nada más verlos mientras con un leve movimiento de cabeza los daba por saludados.
—No lo sé, acabamos de llegar, pero supongo que la tendrán lista para la identificación —contestó García.
Los tres se dirigieron por los largos pasillos fríos y antisépticos de la morgue, para estar presentes en la identificación del cadáver junto a los testigos convocados. Cada vez que entraban a ese lugar, el cuerpo se les estremecía. Para la compañera del subinspector era la primera vez y García, en voz baja, le iba dando concisas instrucciones para mitigar en lo posible el mal trago que se le avecinaba.
La Madre Abadesa, con resignación pero con la profesionalidad propia después de tantos años en el monasterio, se retiró a meditar a su habitación.
El Padre Damián esperó a quedarse a solas, descolgó el teléfono rápidamente y, mirando una pequeña agenda telefónica, marcó el número de su amigo el inspector.
—Hola, soy Damián. ¿Te acuerdas de mí?
—Cuánto tiempo sin escuchar tu voz.
—Mucho, la verdad —reconoció el sacerdote.
—Pero supongo que no me llamarás para saludarme. ¿De qué se trata? —le preguntó el policía.
—Por teléfono no —respondió—. Nos vemos en el barecillo que hay junto al lago del Parque del Retiro.
—Pero… ¿estás bien?
—Sí, pero necesito que nos veamos cuanto antes.
—Está bien, Damián. ¿A qué hora?
—A las diez de la mañana. Óscar, ha llegado el momento de que me devuelvas el favor de la primavera del setenta y cinco.
—De acuerdo, allí estaré.
El médico forense, ataviado con un uniforme verde, un fruncido gorro, una bata de fino papel de color blanco y unos guantes de látex, esperaba la llegada del comisario, escoltado por dos sacerdotes vestidos de calle pero con sus alzacuellos bien a la vista. Antes de entrar, el médico vio necesario dedicarles unas palabras.
—Les advierto—dijo dirigiéndose a los dos sacerdotes— que el espectáculo y el olor no son muy agradables. Por favor, antes de entrar a la sala pónganse un poco de crema —comentó al tiempo que señalaba unos tarros amarillos— cubran sus fosas nasales, así evitarán algún que otro momento desagradable. No deben tocar el cadáver, más por cuestiones higiénicas que para evitar distorsionar la investigación. Si están interesados en la observación de alguna zona en concreto, no tienen más que indicármelo y yo se lo mostraré.
La habitación era muy amplia y la diferencia de temperatura con el exterior era más que notable. Los carritos, repletos de instrumental quirúrgico, las sierras, los trituradores eléctricos y demás accesorios estaban perfectamente colocados sobre bandejas haciendo silenciosa compañía a tres cuerpos que esperaban su identificación. A Marta aquel panorama le produjo un repentino escalofrío que recorrió todo su cuerpo sin poder controlarlo. Los dos curas se santiguaron nada más entrar; uno sostenía con ambas manos una Biblia mientras el otro jugueteaba mecánicamente con las cuentas de un rosario de madera.
El doctor, sin mediar palabra alguna, inició el protocolo habitual: antes de descubrir el cuerpo miró al comisario en espera de un imperceptible asentimiento de cabeza que le indicara que podía proceder. Retirada la lona que cubría el cadáver, los primeros en reaccionar fueron los dos sacerdotes, que giraron sobre sí mismos, incapaces de soportar aquella terrible imagen, y mucho menos de identificar a la víctima. La mujer yacía desnuda decúbito supino sobre una camilla de aluminio. Lo más impactante eran las catorce hendiduras en su cuerpo, como cráteres volcánicos donde horas antes habían brotado pequeñas vías de lava sanguinolenta.
—Tras el primer estudio preliminar, la causa principal de la muerte parece ser un golpe con un objeto contundente en el parietal derecho del cráneo.
—Entonces… ¿Qué quiere decirnos? ¿Que no murió de asfixia? —le interrumpió el subinspector.
— ¿Qué parte de la explicación no ha comprendido?—contestó el forense secamente, continuando su exposición sin hacer más comentarios—. Lo que nos ha extrañado, al dejar visible el cuero cabelludo de esa zona, es precisamente la existencia de tres pequeñas marcas — las miradas de los asistentes se clavaron inmediatamente en la zona señalada por el forense—. En cuanto a los desgarros provocados por la incisión de los crucifijos, la víctima no tuvo conciencia de ello ya que para entonces estaba muerta.
— ¿Estás bien? —le preguntó García a su compañera al notar como un fuerte escalofrío hacía temblar su cuerpo.
—Sí, se me pasará en seguida —contestó Marta mientras intentaba relajarse.
El comisario estaba dándose cuenta de la escena.
—No se preocupe, Marta —dijo, uniéndose a la conversación—. En mi larga carrera he visto muchas cosas, pero le puedo asegurar que ninguna como esta —comentó sin dejar de observar el cuerpo.
— ¿Es Lucrecia Domínguez Santos? —preguntó el subinspector García a los sacerdotes sin perderles de vista.
—Sí —contestaron los dos al unísono visiblemente trastornados, intentando mirar el cuerpo sin conseguirlo, aunque fuese por un instante—. Es la Madre Superiora del Monasterio de La Encarnación — sentenció el de mayor edad.
Una vez en el exterior, el comisario se despidió de los dos sacer- dotes, que aturdidos y con paso lento abandonaron el recinto. Nada más despedirse de ellos se dirigió sin contemplaciones al subinspector García.
—Olvídate de este caso, García —la voz del comisario usaba un perfectamente estudiado tono sereno y se deslizaba en el aire tan sutil como el filo de una navaja de afeitar.
—Pero comisario…
—No me toques los cojones, García. El caso de la Madre Superiora del Monasterio de La Encarnación está cerrado.
III
21 de Mayo de 1975
En la Universidad Pontificia de Salamanca los alumnos de tercer año de Teología se preparaban para los exámenes finales que tendrían lugar a principios de junio. En el colegio mayor, en una de las habitaciones compartidas, Damián seguía estrictamente el plan de estudio que le llevaría a ser sacerdote, y que había empezado con tan solo diez años cuando sus padres lo inscribieron en el Seminario de Mondoñedo, provincia de Lugo, para estudiar latín, humanidades y filosofía. Pronto todos esos años de disciplina y dedicación verían el fruto de tanto esfuerzo.
—Óscar no me puedo creer que te marches. Tenemos mucho que estudiar —Damián volvía a ejercer de voz de la conciencia de su compañero de cuarto.
—No te preocupes, sabes que a mí me cuesta muy poco aprenderme el temario y, además, he quedado para salir un rato con los de la facultad de medicina. ¿Te apuntas?
—No, gracias. Haz lo que quieras, tú sabrás, pero me parece que ese no es el camino que más te conviene ahora mismo: primero deberías recoger tu lado del cuarto, que parece una leonera, y después quedarte a estudiar. Pero como sé que no me vas a escuchar, sobre todo hazme el favor de no venir borracho como la última vez, que luego la habitación huele que apesta.
—Mira que eres plasta. Ni te imaginas las ganas que tengo de que se acabe la carrera y te nombren de una vez sacerdote, Damián.
—Yo también tengo ganas de acabarla y verte por fin con los hábitos puestos. Eso significaría que Dios ha conseguido marcarte el camino correcto. Ese día no me lo voy a creer. Anda, no tardes, ¿vale?
Damián volvió a bajar la cabeza sobre el libro de estudio. A pesar de todas las discusiones que tenía con Óscar, además de ser su compañero era uno de sus mejores amigos y siempre le perdonaba todo.
A las tres de la madrugada Óscar volvió a la habitación con los nervios a flor de piel. A pesar de ello estaba inusualmente sobrio.
—Damián, Damián, despierta, por favor —exclamó mientras zarandeaba a su compañero.
— ¿Qué pasa? ¿A qué viene todo este jaleo?
—Tengo un problema muy gordo —le dijo mientras no paraba de moverse de un lado a otro de la habitación como si de un león enjaulado se tratase.
— ¿Te puedes tranquilizar, hombre de Dios, y contarme ese problema tan grave que tienes? —Damián se levantó de la silla y se sentó en su cama haciendo que su amigo hiciese lo propio junto a él.
—No puedo tranquilizarme.
— ¡Para! —Gritó Damián—. Vas a despertar a todo el mundo.
—No puedo, he metido la pata hasta el fondo. Cuando te cuente lo que he hecho… no te lo vas a creer.
—Trata de tranquilizarte y cuéntamelo. Ya verás cómo el problema se puede solucionar.
—He dejado embarazada a una chica. ¿Qué va ser de mi futuro ahora? El silencio se adueñó de la habitación. Después de una larga y meditada pausa, Damián se atrevió a romperlo.
— ¿Me lo puedes repetir, por favor? Es que estoy un poco aturdido por las horas que son y no sé si he oído bien lo que me acabas de decir.
—Has oído a la perfección: he dejado preñada a una chica. Damián se quedó paralizado, helado como un carámbano de hielo.
— ¡Bendito sea el Señor! —Suspiró desde lo más profundo de su alma. Era la primera vez en su vida que no sabía ni qué decir, ni cómo actuar; ni siquiera tenía fuerzas para reprocharle nada—. ¿Qué vas hacer ahora? —Preguntó casi en un susurro—. Y la chica, ¿qué dice de todo esto?
—La chica se llama Cristina, tiene diecisiete años y es de una familia muy religiosa. Aún no saben nada de lo ocurrido.
— ¿Y qué vais a hacer? —volvió a preguntar nuevamente.
—Tienes que ayudarme, amigo, no sé qué hacer. Damián, te lo pido por favor.
Otro silencio, en esta ocasión más prolongado, mantuvo a Óscar sin apartar la vista del suelo.
—Está bien. Te voy a ayudar, pero una vez terminado todo esto no quiero saber nada más del tema ni de ti. Tan sólo lo haré bajo una condición: que te plantees seriamente dejar la carrera —al escuchar ese ultimátum, los ojos de Óscar se elevaron clavándose en la cara de Damián con cierta muestra de asombro expresada en su mirada.
— ¡Pero… Damián! ¡No puedo creer que…! ¡Pídeme lo que quieras, pero eso no! ¿Sabes lo que significaría el dejar todo por lo que he luchado? —La voz se entrecortaba por momentos— ¿De verdad me estás pidiendo que abandone la carrera?
—No creo que después de este episodio, estés preparado para seguir con esta carrera. Será nuestro secreto y jamás lo desvelaré, pero no puedes seguir así.
—Pero amigo, eso no me parece justo….
—Ahora me hablas tú de justicia. ¿Has sido justo tú con tus padres? ¿Y con tu palabra? ¿Y con la joven que has dejado embarazada? Son muchos los años que llevo estudiando y creyendo en la palabra del Señor para poder consagrarme con orgullo en el sacramento del sacerdocio, y son actos como el tuyo los que confirman que no es fácil conseguirlo. Pero llevas mucho tiempo pisando una línea muy delgada y creo que esta vez te has pasado. Yo no tendría estómago para saber esto y ver que tú sigues con esta farsa, y conociéndote creo que tú tampoco.
Las palabras de Damián cayeron como jarro de agua fría, y Óscar cayó en el más absoluto silencio, meditándolas.
—De acuerdo, Damián, tú ganas. Quizás este suceso haya tan solo acelerado lo que en un futuro se veía venir: para ser cura hay que tener la vocación que tú tienes y yo no. Está bien, abandonaré la idea de ser sacerdote, creo que será lo más adecuado.
—Parece mentira que yo vaya a decir esto, espero que Dios me perdone alguna vez. En Madrid, en el Monasterio de La Encarnación, yo sé que acogen a mujeres solteras embarazadas con pocos recursos y las ayudan a ser madres. Lo mejor sería que mañana mismo partierais hacía allí, estoy convencido de que es la mejor manera de solucionar esto —la voz de Damián sonó firme y contundente.
—No sé cómo te lo voy a agradecer. —en un impulso involuntario los dos amigos se abrazaron con todas sus fuerzas.
—Algún día me devolverás el favor, pero ahora hazme caso: el lunes, cuando me pregunten por ti en la facultad, diré que por motivos personales has tenido que marcharte y que has abandonando la carrera.
La noche fue muy larga para todos. Óscar fue a convencer a la joven de que la opción de ir a Madrid era lo mejor para los dos, haciendo valer la diferencia de edad y su mayor experiencia. Damián, muy a su pesar, se encargó mientras tanto de preparar la maleta con todas las pertenencias de su amigo.
Horas más tarde, Óscar y Cristina partieron rumbo a la capital. Nada más subir al autobús, el comportamiento de los dos cambió por completo. Durante el transcurso que duro el largo viaje se comportaron como unos perfectos desconocidos, sin dirigirse la palabra ni una sola vez. Mientras que Óscar no paraba de darle vueltas a la cabeza intentando ordenar todas las incógnitas sobre el futuro que se le venían a la cabeza, con la cabeza literalmente pegada al cristal del autobús, Cristina se aferraba con su mano izquierda a un rosario de cincuenta y nueve cuentas de madera con la Cruz de Caravaca en el anverso y sus iniciales, C. M. Z., grabadas en el reverso, al mismo tiempo que entre lágrimas escribía una carta a sus padres.
Una voz enlatada advirtió a los pasajeros que en cinco minutos llegarían a la estación.
— ¿Cómo vamos a llegar al convento ese? —preguntó Cristina entre sollozos.
—Mi amigo Damián me ha hecho un plano. No te preocupes, lo encontraremos.
Después de estar una hora caminando cada uno con su maleta dieron con el Monasterio de La Encarnación.
Óscar se despidió de Cristina antes de que entrara en el convento.
—Siento lo que ha pasado, Cristina, pero sigo pensando que es lo mejor para los dos —Óscar ni siquiera se atrevía a mirarla a los ojos.
—Yo también lo siento, Óscar. No te preocupes, todo saldrá bien, hasta siempre —Cristina se dio la vuelta y, sin más, se dirigió a la gran puerta verde de entrada. Un gran temor inundó todo su ser. El no saber lo que el destino le depararía entre aquellos muros la empezaba a poner nerviosa.
Tocó con los nudillos y un afable semblante apareció ante ella.
—Buenos días, hermana, me llamo Cristina —dijo la joven, pre- sentándose ante la monja que le abría de par en par la puerta invitándola a pasar—. ¿Es usted la Madre Lucrecia?
—No, querida —rió con ganas—. Yo soy la Madre Felisa, la portera. Más quisiera yo. La Madre Superiora está en su despacho. Acompáñeme por favor —con un revuelo de hábitos acordes con la alegría que aquella pequeña y rechoncha mujer transmitía, la condujo hasta el interior del convento, atravesando un verdadero laberinto de corredores, patios interiores y pequeñas estancias casi despobladas de mobiliario.
—Buenos días hija, soy Lucrecia Domínguez, la Madre Superiora de este convento —una monja delgada de semblante enjuto pero amable sonrisa, le daba la bienvenida una vez dentro del despacho.
—Madre, yo venía a…
—Lo sé hija, lo sé. Si ese es tu deseo, ésta será tu casa a partir de ahora.
Pasándole la mano sobre los hombros, con gesto protector, la Madre Superiora empujó levemente a Cristina a sus dependencias, cerrando tras de sí la puerta y creando un eficiente muro protector ante el curioso oído ajeno.


1 Trackback or Pingback for this entry:
[...] leer los tres primeros capítulos de la novela en el blog de Daniel Segovia. Os dejamos aquí el vídeo de la presentación por si [...]