TE PROMETO


El sol que ilumina las tierras que vieron nacer la historia de amor más bonita que jamás haya existido, donde desde un castillo flotante acariciado por sus costas en forma de bata de cola, un joven cristiano sellaba su amor para toda la vida con una princesa mora, caía   lentamente en la ciudad de Alicante.

Como cada veinticuatro de junio y desde hacía ya dieciséis años, Alejandro se preparaba para disfrutar de los últimos coletazos de su fiesta “Les Fogueres de Sant  Joan” pero sobre todo de su gran pasión, “la Cremá”. Un mar de sensaciones contrariadas inundaban todo su cuerpo, que por alguna razón muy especial le hacían sentir en lo más profundo de su corazón, que esa noche sería inolvidable.   — ¿Estás preparado papá? —Le preguntó con voz susurrante y al mismo tiempo entrecortada, mientras se aferraba a él como cuando era un niño. Era la primera vez que Alejandro vocalizaba esa pregunta que durante tantos años le había hecho su padre la noche de “la Cremá”, antes de salir de casa.   Nada más poner un pie en la calle, y como si de un ritual se tratase, Alejandro cerró los ojos, inspirando profundamente una vez más como le había enseñado su padre, dejando que poco a poco, la fragancia del azahar y el olor a pólvora que recorría las calles alicantinas se apoderara de sus sentidos. Por un instante le pareció que podía respirar fiesta por todos los poros de su piel. En ese momento y sin saber cómo, su mente le hizo viajar al pasado. Un recuerdo vivo y vibrante de la infancia surgía espontáneamente con una fuerza imparable. «Papi súbeme a lo más alto como un remate de una hoguera». Sentado sobre los hombros de su padre, Alejandro de cuatro años de edad, lucía en su rostro una sonrisa de felicidad. Pasear de esa manera le hacía sentirse monumental, grande y sobre todo especial. Vestido para la ocasión con sus espardeñas blancas, su pantalón corto y su camiseta de la hoguera, estaba preparado para vivir una noche mágica.   La música de una Colla de Dolçaina i Tabalet que hacía su último pasacalle lo despertó de su recuerdo. Con un movimiento inocente de su palma, Alejandro secaba una lágrima de sus ojos verdes brillantes. Enseguida la melodía de las notas musicales del pasodoble que estaba sonando le hizo cambiar el gesto y emprender la marcha.   — No te lo vas a creer papá, pero estaba pensando en los días que de pequeño me subías a coscoletas y me explicabas todo lo que tenía que saber del mundo de las Hogueras y como poco a poco me iba haciendo mayor a tu lado. ¿Te acuerdas? — a pesar de su media sonrisa, sus ojos volvían a brillar—. Amante de esta pasión y gran maestro colmado de paciencia, me enseñaste a entender cómo amar a esta Fiesta; a mancharme con el barro mientras intentaba hacer mis primeras figuras; a jugar devastando el corcho con mi cepillo de púas; a pringarme las manos de moco verde, como yo lo llamaba, cuando parcheábamos juntos las figuras con el papel; a utilizar las herramientas, aunque de vez en cuando me chafara algún dedo, cuando a escondidas y sin que tú te dieras cuenta, cogía tu martillo intentando hacer los sacabuches tan rápido como tú; a pintar los ninots y las figuras abstractas y estilizadas con la gama de los colores; a dibujar en mi mente la composición de los monumentos y la majestuosidad de los remates; a respetar la tradición, la música de nuestra tierra pero sobre todo a comprender, que lo más bello de esta Fiesta era ver arder las hogueras en la noche de “la Cremà”.   Al doblar la esquina el monumento de la Hoguera Oficial hacia acto de presencia.   —¡Ahora…! Te voy a decir una cosa—una carcajada inocente se dibujaba en su cara—. Todavía no logro oler el aroma del azahar los días de Fiesta, por muchos intentos que hicieras por conseguirlo pero sabes que me encantaba que me contaras la leyenda de la cara del moro, una y otra vez. Y que sigo creyendo, que por amor, todos los almendros de las laderas del Benacantil florecieron por la Princesa Zahara y el joven cristiano.   La plaza del Ayuntamiento iba congregando cada vez más gente. Se podía respirar un ambiente festivo.   —Ya queda poco para “la Cremà”—le susurró a su padre—. Lo noto por el nerviosismo y el murmullo de la gente.   Como en el cuento de La Cenicienta, las agujas del reloj de la Plaza del Ayuntamiento, marcaban las doce de la noche. Con la primera campanada comenzaba el origen del encantamiento que Zeus, el Dios Griego del cielo y el rayo, al combinar mágicamente los cuatro elementos de la naturaleza agua, fuego, tierra y aire, creó un nuevo hechizo fascinante y misterioso al que llamaría “La Cremà”.   —   ¡Ahora! —Exclamó mirando hacia las estrellas.   Desde lo más alto del Castillo de Santa Bárbara, un rayo de luz en forma de palmera majestuosa, como pregonera oficial y formada por diez mil luciérnagas blancas, iluminaba por un momento el cielo de Alicante.   Un profundo y generalizado ¡¡¡Ohhh!!! Rompía el silencio de ese momento mágico. Desde ese mismo instante todo sucedería con gran rapidez.   —   ¡Que comience “la Nit del Foc”! —Chilló Alejandro a los cuatro vientos.   La mecha de la gran traca que rodeaba y prendía la hoguera oficial, era encendida. Un espectáculo pirotécnico de cohetes, palmeras de colores y efectos de sonidos hacían las delicias de los allí presentes. Las primeras llamas de fuego empezaban a asomarse tímidamente entre los ninots. Desde otros puntos de la ciudad se empezaban a oír otros castillos de fuegos artificiales.   —Se está quemando como a ti te gusta papá, de arriba a abajo — Alejandro sentía que su corazón latía más deprisa. Sus ojos nuevamente brillaban.   El fuego devoraba el agudo ingenio y el arte que el artista había plasmado con gran plasticidad, en la hoguera de todos los alicantinos. Las emociones y los sueños imposibles poco a poco pasarían al recuerdo. El resplandor y el calor que emitía la gran bola de fuego, hizo que la gente se retirase unos metros hacia atrás. Todos expectantes, esperaban ver como el fuego consumía gran parte del monumento para alcanzar el momento cumbre, ver caer el remate. La música de la Fiesta sonaba de fondo gracias a la banda municipal. Los bomberos acorralaban al fuego con sus mangueras. Una explosión de júbilo, aplausos y vítores fue el preámbulo de anunciar que el remate estaba a punto de desplomarse contra las cenizas.   Como un niño Alejandro comenzó a llorar. Era el momento de “La Cremà” que más le gustaba pero esa noche, precisamente esa noche, no le hubiese importado que no llegara jamás.   —Alex ¿Estás preparado hijo? —Aunque todavía quedaban restos de la hoguera por arder, el cordón de seguridad se abrió para que él pudiera pasar a los pies de las cenizas.   El Himno de Alicante sonaba de fondo. El agua poco a poco calmaba el fuego purificador.   —Es la hora…y tú mejor que nadie lo sabes —le susurró su padrino, jefe de bomberos y amigo íntimo de su padre desde la infancia.   Alejandro sintió como un latigazo de nostalgia, melancolía y tristeza recorría todo su cuerpo.   —Lo sé…—Un nudo en la garganta profundo y desgarrador apenas le dejaba articular palabra alguna—. ¡Padre…! —un reguero de lágrimas manaban sin desconsuelo—. —Padre tú me enseñaste que todo lo que añoramos en la vida es efímero, como los monumentos y las hogueras. Que ni siquiera los hombres tenemos el privilegio de ser eternos. Que el amor y el respeto por esta fiesta perdurarán en nuestros corazones para siempre. Toda la vida has sido tú el que me has traído en volandas a disfrutar de nuestra pasión, “La Cremà”, y hoy yo, tu hijo Alejandro, te he traído con orgullo. Me pediste que lo hiciera, y una y otra vez te contesté que nunca podría hacerlo —. Alejandro cogió un puñado de las cenizas de su padre, que guardaba en la urna desde hacía tres meses. Besó su puño cerrado y lo abrió con fuerza. Las cenizas de su padre y las pavesas que transportaban el alma de los ninots se entrelazaron gracias al viento. — ¡Papá te quiero! Hoy gracias a ti he entendido porque esta Fiesta es grande, porque nos atrapa y nos envuelve de esa manera. Te prometo que hoy te he sentido más cerca que nunca y este momento ha vuelto a ser nuestro —Alejandro lloraba sin parar, mirando como las cenizas de su padre acariciaban el cielo —.Te prometo que algún día sentiré el olor de la flor del Azahar por las calles de Alicante —con sus manos intentaba secarse las lágrimas de su cara pero era imposible, se iba su mentor, su maestro, su padre —. Te prometo que he podido disfrutar contigo como siempre y ese es el mejor regalo que un alicantino amante de esta fiesta puede tener, disfrutar de los suyos aunque no estén presentes en la noche de “La Cremà”.

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THE SEVEN MAGIC BUTTERFLIES


In a place where magic had ruled for a long time, there was a charming misterious forest that by day was iluminatedt with bright colours but by night it changed into a sad grey place. The forest was under the spelt of an evil witch, when she knew seven magic butterflies were born. The spell by the evil witch made the beautiful colours disappear each time the moon came out.

The seven butterflies lived in a highest tree. They were big and beautiful with velvet wings methalic paint and golden and silver adornments. All of them had a sweet smile. But each butterfly was a different colour.

In the morning the grey sun cast a shadow over the forest. The seven butterflies began to wake up moving their wings little by little. They had to repaint the mysterious forest with speed and caution so that the evil witch did not notice.

The green butterfly was the eldest that is why it was also the most responsible and organiced. She gave colour to the canopy of the trees and the leaves and the grass. Later she finished painting the forest animals, they smiled of happiness when she watched the forest came to life with colour.

The orange butterfly had round cheeks, her job was to paint the fruit and vegetables: carrots, pumpkins and oranges…she liked very much to paint and sometimes even painted the sunset.

The yellow butterfly was the laziest, she loved to sleep and always complained when she had to wake up early because her job was to paint the sun before it became too hot and would melt her wings.

The violet butterfly was very greedy, at every hour she was eating and that is why she was the last to begin working. Her job was to paint the forest animals, whichever animals, squirrels, rats, wolves, foxes and deers. She painted all the animals violet.

The blue butterfly liked to dress like a princess. She was pretty although vain, her job was to paint the sky, the sea and the clouds like cottom candy.

The red butterfly was in love with life. She liked very much Christmas, she liked it so much that she only ever painted roses, poppies and Christmas flowers.

The indigo butterfly was the strangest, her job was to add lights and reflections to what everyone else had already painted. She was also responsible for watching the evil witch.

The seven butterflies worked throughout the day so that the forest was bright and full of life. But when the sun went to sleep and the moon began to appear the butterflies surrounded with exhaustion. Then the forest under the spell slowly began to lose its colours, returning to its sad and grey colour.

It stayed like that for a long time until one day the witch decided to go out on her magic broom to see what was happening in the forest. When she reached the forest, she could not believe what she saw, she rubbed her eyes to make sure it was true. The forest was full of colour and life. She headed straight to the butterflies nest to put a spell on them.

The next morning the seven colorful butterflies prepared themselves to paint the forest but the evil warted witch had planning a trap. Without the butterflies noticing she threw some magic powder into the air which stopped them from being able to fly allowing the evil witch to catch one by one and putting it in an old steel cage.

The next day, when the animals, plants, sky, clouds, seas and sun noticed, everything turned grey and sad. The days went by, and the forest was sad and grey. The plants did not want to flourish, the animals did not feed, the children in the village did not play and the sun did not heat up.

The forest was so sad that the clouds cried and wet the forest including the butterflies. The butterflies shook their wet wings in the air…when suddenly something spectacular happened, even the sun appeared through the clouds and something magical began to take place. The sun´s rays shone through the sky and touched the water drops from the clouds, and a beautiful colourful rainbow appeared covering the entire forest. All the forest creatures began to shout with joy. “ Magic, magic!…Finally the colours have returned , since that moment each time it rains and the sun is out the seven magic butterflies flap their wings with joy, indifferent to their sad fate the colourful rainbow drawn in the sky colouring the forest in its own way. The evil witch could do nothing and hated seeing it!

YO SOY EL TIEMPO


No me gusta la vida que me ha tocado vivir pero estaréis conmigo que a alguien le tenía que tocar. Os aseguro que a veces me gustaría pararme, disfrutar de mi mismo y sobre todo descansar aunque fuera un instante pero esa fue la única condición que me pusieron cuando acepte ser lo que soy, no detenerme jamás, pasara lo que pasara.

Soy caprichoso, chulo, y cruel conmigo mismo y sé que antes de nacer ya soy pasado, que antes de nacer ya soy historia, que antes de nacer muero aun sabiendo que soy eterno, pero no menos que vosotros, así que os pido de una vez por todas que no tratéis de cambiarme sólo aceptarme como soy y afrontar vuestra realidad como yo lo hago con la mía.

Cuando nacéis no me tenéis en cuenta, cuando sois jóvenes me malgastáis de una manera desconsiderada, cuando empezáis a madurar queréis disfrutar de mi como si de un amante se tratase y cuando empezáis a ver el final de vuestros días os lamentáis de no haberme cuidado y tratado de otra manera y después de todo esto queréis que yo siempre ponga a todo el mundo en su sitio sin ser rencoroso con vosotros.

Yo soy el tiempo, sincero cuando te advierto que por mucho que hagas o que seas en esta vida siempre te ganaré la partida y además aunque no quieras seré tu compañero de viaje en todo momento aunque en muchas ocasiones sea arrogante, injusto y soberbio.

Por eso te pido que no me malgastes pensando y divagando en el pasado, por mucho que haya sido de ensueños, no vale la pena, ni siquiera pienses que vendrá un futuro mejor, solo vive el momento y disfrútame como si fuera la ultima vez que me tuvieras entre tus brazos, por que cuanto menos te lo esperes seré tu verdugo.

ODIO LA LUNA LLENA


Sintió un amargo sabor dentro de su boca al tragar sangre. El botellazo en el mentón le había producido una pequeña conmoción. Tirada como una colilla en medio del gélido pasillo repleto de fotos familiares, no podía distinguir a su agresor entre la escasa luz y las sombras que su mente dibujaban. Una lucha interior se desató en el peor de los momentos, entre lo real y lo imaginario, entre el peligro y la seguridad, entre el cazador que quería rebañarle la vida y sus ganas de salir corriendo. Sacando fuerzas de flaqueza, se arrastró como pudo hasta la habitación y se escondió dentro del armario. Un pequeño espacio que le ofrecía una mínima seguridad, un lugar donde poder resguardar su cuerpo magullado durante unos segundos, un lugar que tantas veces había utilizado para recuperar parte de sus fuerzas. Su cuerpo era un mar de nervios. Acurrucada como una pequeña criatura indefensa, esperó a que sus ojos se acostumbraran a la luz que entraba a través de la ventana, gracias a la luna llena. Agudizó el oído intentando adivinar la posición de su verdugo. Pudo distinguir como sus pasos se acercaban lentamente, sin ninguna prisa, queriendo demostrar en todo momento la superioridad  tan apabullante que tenía sobre ella. Cómo una luz divina, recordó que había escondido unas tijeras. A tientas las encontró. Entonces sintió que las pisadas cesaban, todo se quedó en completo silencio hasta que pudo escuchar con claridad, el sonido de la bala alojándose en la recamara de la pistola. Al mismo tiempo que las lágrimas recorrían sus mejillas, un calor húmedo hacía lo propio por sus muslos. El fuerte olor le provocó, que una ola de angustia subiera por su garganta, pero tuvo que reprimirse, al darse cuenta que estaba en ese lugar arrinconada como una presa fácil, y que estaba condenada a luchar contra su agresor. Otro inquietante y eterno silencio la estaba consumiendo cuando, el sonido ahora más cercano de las pisadas, la volvió a poner en tensión. Desde su pequeño refugio, pudo sentir como el amor de su vida, el padre de sus hijos, encendía la luz de la habitación.

— ¡Puta, sabes qué tarde o temprano te encontraré! — ¡Aulló…!

Como una descarga eléctrica, un escalofrió recorrió todo su cuerpo mientras volvió a sentir el calor húmedo entre sus piernas. Entonces intentó calcular la distancia que le separaba de aquel animal despiadado y pensó, que su única oportunidad de salir viva de aquel infierno había llegado.

Nada más sentir que la luz se apagaba, apretó con rabia las tijeras, salió de su guarida con la determinación que la única salida era «o él o yo» desesperadamente saltó contra la espalda de su cazador. Calculó mal y del fuerte golpe los dos cayeron desplomados, las tijeras y la pistola salieron volando terminando a escasos metros. Una pelea cuerpo a cuerpo se desató, la fuerza contra la determinación, la dictadura contra la libertad, dos realidades enfrentándose a muerte. Los dos rodaban por el suelo envueltos entre sangre y sudor, orina y alcohol. En ese mismo instante, un sonido seco hizo que el tiempo se detuviera, los gruñidos y los aullidos cesaron, solamente una mirada, las lagrimas brotaron una vez más al sentir que una vida se esfumaba. Para bien o para mal, todo había acabado. Antes de que aquellos ojos rojos se cerraran por última vez, se acerco lentamente y con un susurro frío le dijo.

— ¡Puto lobo de los cojones! ¡Odio la luna llena!

EL ANTIGUO CAMPANARIO


El sol hacia horas que se había desvanecido por el horizonte. Mientras, Lucia y Raquel entrelazaban sus lenguas entre las sabanas de arena blanca y cristalina, que de vez en cuando, las olas del mar mediterráneo borraban con suma delicadeza. Sus cuerpos deseosos de pasión, amor y desenfreno se acariciaban cada vez con más fuerza. Aunque el cielo estaba completamente negro y pintaba una noche melancólica y triste, sus corazones desbocados galopaban como dos pura sangres de alegría y felicidad. Las lágrimas se intercambiaban entre las risas alocadas y los besos apasionados pero esta vez no eran lágrimas amargas que habían humedecido sus mejillas en tantas y tantas ocasiones, eran lágrimas con sabor a fresa, con sabor a vida, con sabor a futuro. Ni siquiera se percataron que la única luz que iluminaba ese momento tan especial eran las luces de su automóvil. Raquel quería seguir sintiendo sed en cada beso que le daba a Lucia y ahora que el doctor les había comunicado que el cáncer había remitido, más que nunca. Por fin verían la luz que anunciaba la tan ansiada salida de aquel túnel tan largo, frio y oscuro y por fin volverían a pasear por el antiguo campanario donde se vieron por primera vez.

EL RELOJ DE ARENA


La arena de tu tiempo se acaba y no sé cómo detenerla. Te vas… y mi corazón se rompe en mil pedazos al mismo tiempo que mi alma se queda huérfana y desnuda. Que amargo es el sabor de saber que no puedo darle la vuelta a tu reloj, que te marchas y no podré volver a besar tu mejilla, por eso solo pienso en conservar en mi retina cada granito de arena que te quede entre nosotros. Tengo miedo a que llegue la hora del silencio más profundo en la melodía de tu corazón pero mis lágrimas son el orgullo de haber pertenecido a tu vida. Mi dolor podría enmudecer mis palabras, mi memoria y mis pensamientos pero tu ejemplo, tu valor y tu esfuerzo me han enseñado a afrontar la vida con valentía. Llega la hora de decirte adiós y solo me queda darle las gracias a Dios por haberme permitido estar todos estos años junto a ti ¡Abuela! Y haber podido disfrutar de cómo me acurrucabas, de cómo me contabas esos cuentos fantásticos, de tus sabios consejos, de tu paciencia, de tu vida. Eres tan grande que el día que se apague tu llama la luna llena le pedirá permiso al sol de Alicante para que todo esté preparado en el paraíso como tú te mereces. Mi Gran Señora, las estrellas del firmamento se prepararan para acogerte entre sus brazos y en la misma puerta del cielo te espera tu Gran Caballero. Y solo te pido que cuando estés a su lado le susurres al oído que te cuide como tú lo has hecho con todos nosotros, que le quiero, que le echo de menos, que os quiero y que nunca os podre olvidar.

CAPITULOS I,II y III: LOS NIÑOS DE LA ENCARNACIÓN


I

13 de Febrero de 2000.

En el Monasterio de La Encarnación las monjas Agustinas Recoletas se disponían a reunirse ante la llamada de la pequeña campana del refectorio para preparar los rezos de la hora de Vísperas. A pesar de no ser la primera  oración  del día, que se realizaba  aproximadamente sobre las tres de la madrugada, ésta también era una de las horas mayores, y por lo tanto debía  cumplirse  con el precepto de congregar a toda la comunidad  en el recinto de la iglesia para iniciar la oración.  Plegarias y cánticos de alegría se sucedían,  elevando  al Santísimo peticiones para que concediera  a sus devotas siervas la fortaleza suficiente para emprender con humildad, y sobre todo  obediencia, las tareas cotidianas del convento. Pero aquel día algo diferente hacía pensar que su plácida rutina había sido violada. Esta regia institución, a la que antaño pertenecieron damas de la alta nobleza, fue inaugurada por la reina Margarita de Austria y por Felipe III a comienzos del siglo XVII, y desde su fundación nunca una hermana había faltado a Laudes.

—Padre Damián, disculpe —la monja repiqueteó levemente con los dedos en la puerta que daba acceso a las dependencias del sacer- dote, una antigua  habitación, antiguamente en desuso,  y que desde su llegada al convento allá por el año  mil novecientos noventa era utilizada como despacho.

La Madre Abadesa, a sus sesenta y cinco años, intentaba disimular su nerviosismo escondiendo sus sudorosas y rollizas manos entrelazadas bajo las holgadas  mangas de su hábito mientras esperaba  con una  fingida  paciencia  a que el sacerdote  confesor  asignado  al Monasterio  le diera permiso  para entrar.

—Pase, madre, pase, por favor —unas grandes manos, propias de un hombre de su estatura  y de una complexión considerable, hicieron descender  pausadamente la doble  página del periódico.

—Con su permiso, Padre Damián —la Madre Abadesa, plantada a escasos centímetros de la mesa del escritorio, parecía no poder controlar  su desasosiego  ni un  minuto más—. Tengo que hablar  con usted de un tema muy delicado.

Pasaban  unos  veinte minutos de las doce del mediodía cuando el subinspector de policía del Distrito Cuatro, Andrés García, se quedó boquiabierto al entrar a la pequeña habitación del motel La Cabaña. En sus catorce años de carrera jamás había contemplado nada igual, ni siquiera  parecido.  Su ancha  complexión le daba  una  apariencia de hombre fuerte; no obstante, se consideraba un hombre del montón aunque su única cruz eran los tres o cuatro paquetes de cigarrillos que fumaba  todos  los días.

Una pequeña ventana  en visible estado de deterioro era el único elemento que aportaba una tenue luz diurna  a la estancia y al espectáculo dantesco que allí se contemplaba. Los olores entremezclados de incienso  y cera, junto al olor de la sangre, hacían que el permanecer allí resultara  agobiante. El subinspector García, por medio  del haz de luz de su linterna, se dispuso  a observar detenidamente toda la habitación mientras daba tiempo al dueño del motel para que trajera una bombilla de repuesto.

—Por los fragmentos que hay esparcidos  en la moqueta, parece ser que la han  roto con violencia  —le dijo en voz alta a su compa- ñera, que flanqueaba la puerta  impidiendo el acceso no autorizado de los posibles  curiosos, al tiempo que señalaba a la lámpara.

La habitación parecía un pequeño santuario. García contó hasta diecisiete estampas con la figura de Cristo bordeando el marco de madera negro del espejo. Los ojos rasgados, que eran su fuerte a la hora de atraer al sexo femenino, se paseaban por las imágenes en busca de alguna pista que diese luz a aquel espeluznante panorama. Todo, hasta el más mínimo detalle, era importante. Debajo del espejo, la repisa de una cómoda vieja a la que le faltaba  algún  cajón hacía las veces de pequeño altar donde, de forma meticulosa, se habían acumulado docenas  de cirios y velas, la mayoría de ellas consumidas, rodeando estatuillas de vírgenes.

Pero eran tres sencillas palabras,  en el centro del espejo, las que reclamaron toda su atención, protagonistas indiscutibles de un paisaje aterrador. ”SÓLO QUEDÁIS CUATRO”.

La función  de la Madre Abadesa dentro del organigrama del convento consistía hacerse cargo de todos los temas relacionados con su administración.

—Usted dirá —el Padre Damián, dejando a un lado el periódico, se dispuso  a prestarle toda su atención con los dos ojillos grisáceos y escrutadores que la enfocaban bajo un rostro  anguloso cuajado  de pecas.  Mientras tanto,  la Madre Abadesa tomó  asiento  cuidadosa- mente—.  ¿Qué  sucede,  madre?  La noto  muy  nerviosa.  Me está preocupando.

La Madre Abadesa, tras un leve titubeo, aclaró su garganta antes de exponerle  los hechos.

—Perdone  si lo he incomodado, pero es que desde ayer he notado la ausencia  en el convento de la Madre Superiora.

— ¡Por Dios! ¿Qué me está diciendo?  — El cuerpo del Padre Damián dio un pequeño brinco en su asiento a causa de la sorprendente noticia—.  ¿Está usted segura de eso?

—Sí, Padre.  Al principio, al no  verla en Maitines,  pensé  que se había retrasado. En Laudes incluso pensé que tal vez estaría enferma, pero rápidamente olvidé el tema debido al resto de mis obligaciones. En el resto de rezos correspondientes a las horas menores, como sabrá, nos autorizan a mantenernos en nuestros lugares de trabajo,  así que me fue difícil apreciar su ausencia —mientras narraba su detallado itinerario, la Madre Abadesa se pasaba nerviosamente las manos por en- cima  de su hábito desde  los muslos  hasta  las rodillas—.  Ha sido precisamente al ir a su habitación para transmitirle un incidente con el vino cuando me he dado  cuenta  de que la estancia estaba intacta, como si no hubiera dormido siquiera en ella. Siempre que falta a los rezos por algún motivo  me lo comunica, pero esta vez no ha sido así.

—Tranquilicémonos, Madre. Mejor será esperar hasta la hora del almuerzo —la mirada  del Padre  Damián se perdía  en el infinito. Aquello era tan inusual  que, haciendo memoria, no recordaba que hubiera en el reglamento interno del convento ningún protocolo de actuación para aquellos  casos, así que debería guiarse por su propio instinto e improvisar sobre la marcha.

— ¿Debo  decirle algo al resto de la Congregación? —la Madre Abadesa, todavía perturbada, se deslizó sigilosamente hasta la puerta acompañada de cerca por el sacerdote.

—Tengamos serenidad, madre  —le dijo, tranquilizándola—. De momento debemos mantener la discreción  antes de adelantarnos a los acontecimientos. En cuanto  me entere de lo que ha pasado  será la primera  en saberlo —añadió, dando por zanjada  la conversación.

La Madre Abadesa aceleró su corto caminar  a través del claustro en dirección a las estancias que desembocaban en la iglesia. Mientras daba órdenes  y ayudaba  en los preparativos, sus años de experiencia le facilitaron  no  dudar  en  aquellos  momentos y mucho menos demostrar al resto de la comunidad que el convento se veía huérfano de mando. Era muy consciente del peso que recaía ahora únicamente sobre su persona.

El subinspector García, girando sobre sus mocasines, enfocó en esta ocasión la linterna en dirección a la pared central. “Curioso”, masculló para sus adentros. “¿Para qué tantas alcayatas si no hay ningún cuadro?”.

A la izquierda, en la otra pared, se alineaban un sinfín de artilugios sexuales para la práctica del sado: fustas, látigos, esposas de cuero, colla- res de adornos puntiagudos y cadenas estaban colocados  con la misma minuciosidad que presentaba el altar de las vírgenes, aunque en este caso no cabía duda de cuál era su utilidad. Ajeno a todo lo que le rodeaba, un traje negro de cuero de ama, con antifaz incluido, esperaba paciente su nueva entrada en escena pulcramente plegado y descansando sobre una silla de tortura de diseño un tanto complicado.

Dos mesillas gemelas flanqueaban el cabezal de la cama; en la de la derecha  reposaba un Nuevo Testamento de tapas de cuero envejecido; en la de la izquierda, un montón de preservativos  sin abrir y una caja llena de juguetes eróticos. El subinspector García se secaba el sudor de su frente con la palma  de la mano debido al mono del tabaco. A pesar de su adicción,  una cosa tenía clara: nunca  fumaría en la escena de un crimen. Una y otra vez, la pequeña columna de luz azulada de su linterna se paseó por el lugar. La visión habría complacido los delirios del pervertido más exigente. Aquello no era fácil de definir. En el centro de la estancia, sobresaliendo entre el revoltijo de sábanas y telas ensangrentadas, se distinguían las piernas, brazos y tronco del cuerpo de una mujer vestida con un hábito de monja, con los brazos en cruz y maniatada con esposas de metal gris a los extremos de la cama. Las piernas, por el contrario, se presentaban entrelazadas y con los pies montados uno  sobre el otro y clavados entre sí, tal como  se veía en las estampas de las crucifixiones. Por su cuerpo, repartidos como girasoles en un campo, catorce crucifijos ofrecían al subinspector sus elaboradas confecciones. Una pequeña bolsa, de las utilizadas en el motel para desechos de aseo personal, se ajustaba a la cabeza de la víctima, dificultando su identificación.

El Padre Damián había iniciado  su investigación personal en la tranquilidad de su despacho, a unos  metros  de distancia  de la frenética actividad de las hermanas. Entre la montaña de libros, ficheros y a chivos encontró el registro de ausencias que abrió con determinación por las primeras  páginas;  sólo un caso se asemejaba al actual: una única anotación figuraba en el libro, y protagonizada por la misma persona: Lucrecia Domínguez. Los motivos  se aclaraban con un escueto apunte en el apartado de observaciones: ausencia de cinco días por ingreso y cuidados hospitalarios. Todo ello se remontaba a la primavera de mil novecientos noventa y cinco.

“¿Dónde demonios se habrá metido esta mujer? —Sin poder evitar nombrar al diablo  en su exclamación, las preguntas se sucedían una tras otra—. ¿Qué le habrá pasado? ¿Estará relacionada su ausencia con causas familiares? Quizás esté haciendo alguna gestión, o de visita en otro convento. Pero, todo  eso es imposible, son monjas de clausura, y de ser así… ¿por qué no se lo dijo a la Madre Abadesa? Es como si se la hubiese  tragado  la tierra. Quizás alguien la vio por última vez…” Parecía haber tantas cosas que aclarar que decidió posponerlo para consensuarlo con la Madre Abadesa.

No encontró ninguna respuesta.  El paso  de los minutos acentuaba  su impotencia y la necesidad  de saber algo, y lo único  que se le ocurrió  fue telefonear  a todos  los hospitales de Madrid.

Uno tras otro fue tachando nombres de la interminable lista de la guía telefónica  que descansaba sobre su escritorio.  Las recepcionistas de los centros de salud donde llamaba siempre  le respondían con la misma  cantinela: ni en los Hospitales Universitarios, ni en el Gregorio Marañón, ni en el de la Princesa, ni en el de San Carlos, ni en el de La Paz, ni en el de Santa Cristina habían registrado en las últimas  horas  la entrada por urgencias  de ninguna mujer  con aquel nombre, ni siquiera  de ninguna mujer vestida con indumentaria de monja. Así que, continuando con las residencias  de menor importancia  o más distantes del centro  de la ciudad,  inició  de nuevo  su escrutinio telefónico. Pero no había manera: en los hospitales de San Camilo,  de San José y en el Carlos III le respondieron lo mismo; incluso sabiendo de antemano lo que le iban a responder incluyó en su búsqueda al Hospital Infantil  Niño Jesús.

La aproximación de unas pisadas  torpes interrumpió el silencio del lugar. El dueño del motel  llegaba corriendo con la bombilla nueva, tal y como  le había  prometido al subinspector. La agente Marta lo paró bruscamente con un leve movimiento de cabeza sin dirigirle la palabra  e impidiendo que traspasara  la puerta de la habitación. Con gesto escueto y efectivo extendió  la mano de forma  imperiosa para que le diese la bombilla; ella se la entregó  a su vez al subinspector para que la repusiera.  Ahora todo  estaba a la vista.

— ¿Era asidua del motel? —el subinspector, sin apartar la vista de la víctima, giró un ápice la cabeza hacia la izquierda, dirigiéndose al dueño.

—Sí. La monja tenía pagada la habitación para un año entero—su voz denotaba que aún estaba conmocionado.

— ¿Cómo  sabe usted que era monja de verdad? La vestimenta no quiere decir nada —el subinspector se giró y lo miró fijamente, al tiempo que sus gruesas cejas formaban una pronunciada interrogante en su ceño.

—Pues… porque lo era. Aquí viene gente de todas  clases, pero ella siempre  venía vestida de monja. La curiosidad me hizo preguntarle un día entre  bromas si me podía  confesar  y parece que no le sentó muy bien; es más, ella misma fue la que me dijo que pertenecía a un monasterio, si mal no recuerdo.  Creo que me dijo que al de la Encarnación o algo así.

— ¿Y usted la creyó? —el subinspector absorbía toda  esta información sin perder de vista al desaliñado joven.

—Mire, jefe, a mí me pagaba  bien,  y en este negocio  mejor  no saber mucho de los demás. Vive y deja vivir, ¿entiende? —con un encogimiento de hombros, el dueño del motel dio como respondido y zanjado el tema.

El paso  del tiempo y la falta de limpieza  habían dejado  huella debajo de cada alcayata donde supuestamente habrían pendido en su momento los elaborados crucifijos. García pensó que lo mejor sería retomar la investigación por donde la había  dejado.

Los coágulos de sangre formaban un collage abstracto  por las paredes, combinándose con las salpicaduras que impregnaban toda la estancia,  en algunas  zonas  más compactas que en otras, formando grumos, creando  así un entramado difícil de sortear. Ahora que la estancia estaba más iluminada, se acercó de nuevo al escrito del espejo. Mirándolo con detenimiento, observó que el mensaje, “SÓLO QUE- DÁIS CUATRO”, había  sido escrito con sangre.

Un repiqueteo en la puerta le hizo cesar automáticamente la frenética acción que unos instantes antes le había ocupado. Sacando del cajón un pañuelo de papel, el Padre Damián se secó rápidamente el diminuto  reguero de sudor  que le cubría la frente e inspiró  dos grandes bocanadas antes de contestar.

—Pase, pase —dijo, intentando disimular su malestar.

La puerta  se entreabrió apenas  unos  centímetros, los suficientes para que el sonido tenue  procedente de una  voz femenina le susurrará su mensaje.

—Todo está preparado para la misa, padre.

—De acuerdo,  ahora  mismo bajo, hermana.

El Padre Damián, sin perder un instante, se sirvió un vaso de agua del  dispensador automático con  el que  le habían obsequiado el verano anterior  y, consumiendo con avidez el fresco y líquido contenido  en su garganta,  se dispuso  a marchar  con zancadas  marciales hacia la iglesia. El oficio de Vísperas le estaba esperando. Ya tenía las llaves encaradas a la cerradura para cerrar la puerta cuando un rápido pensamiento le vino a la mente. Retomando sus pasos, volvió a entrar. Sobre el ángulo  derecho  de la mesa, de un taco de post-it amarillos arrancó uno y, con trazo anguloso y legible, escribió: “Urgente, llamar sin falta al obispo”.

Andrés García ordenó a Marta, la compañera que le habían asignado hacía dos meses, que entrara para que echara un vistazo, no sin antes advertirle,  pese a que sus veintiséis años no se correspondían con su madurez, de lo que se iba a encontrar. Nada más entrar en la habita- ción, se llevó las manos a la boca reprimiendo una profunda arcada. Tras unos segundos de titubeo, en el transcurso de los cuales mantuvo los párpados entornados para mitigar un poco el impacto de la escena, se obligó a abrir los ojos en su totalidad. Las náuseas volvieron pese a todo,  y se vio obligada  a salir a toda velocidad  hacia el aseo comunitario situado  en el pasillo,  a tres metros  de la habitación. El subinspector García detuvo  por un instante su inspección, que se centró en el extremo  del asa de un bolso  que sobresalía  de debajo  de la cama. Arrodillándose, y ayudado por la parte trasera de la linterna, tiró del asa hasta que el objeto se mostró ante él. Utilizó su pañuelo blanco de iniciales bordadas en colores chillones  para no contaminar el bolso y su contenido con sus huellas.  Entre los objetos  de su interior  el que más le interesó  en aquellos  instantes era el DNI de la víctima, que se encontraba en una sencilla cartera, pequeña y exenta de adornos, que le ofrecía en uno de sus compartimientos solapados el anhelado documento: Lucrecia Domínguez Santos, nacida en Salamanca en 1946.

Tras apuntar el nombre en su minúscula y arrugada libreta de espiral dio permiso a la policía científica para que entrara y realizara su trabajo. No esperó apenas a traspasar la puerta de la habitación para encenderse un cigarrillo, exhalando la primera  bocanada de humo lentamente. La puerta del aseo se abrió chirriante junto a él, y Marta salió del aseo con el semblante todavía blanquecino y un diminuto rocío de sudor frío, al mismo tiempo que deshacía la cola de caballo que llevaba, dejando su cabello largo, rubio, y rizado al viento. Tras aliviar su estómago todavía se notaba exhausta por los últimos estériles espasmos.

— ¿Estás bien?

—Ya se me está pasando, gracias —pero,  contradiciéndola, tras sus palabras  otra arcada  ascendió  por su garganta,  obligándola de nuevo a volver al aseo.

García, sacando  su móvil del bolsillo interior  de su gabardina, se dispuso  a informar a su superior  de lo ocurrido.

—Mi comisario, tenemos una mujer asesinada.

— ¿Dónde?

—En el motel  La Cabaña,  en una salida de la M30, a las afueras de la ciudad.

— ¿Dónde  ha dicho? —su tono  de sorpresa  un tanto  titubeante no pasó desapercibido al experto oído de Andrés.

—Motel La Cabaña,  señor comisario…

— ¿Y dónde se ha encontrado el cadáver?

—En una habitación de la primera  planta.  La número 13 —con- testó mientras con su mano derecha hacía los cuernos y la golpeaba contra su muslo.

— ¡Mierda!  No puede  ser —balbuceó el comisario. García hizo caso omiso  al comentario y continuó hablando.

—Parece ser que la monja pertenecía  al Monasterio de La Encarnación… —repasando sus apuntes, Andrés le fue trasladando aquellos datos que supuso  le serían de interés a su superior—.  Según dice en su DNI, la víctima se llamaba… Lucrecia Domínguez.

— ¡Dios Santo, no puede ser verdad! —y, dicho esto, el comisario colgó repentinamente el teléfono.

II

14 de Febrero de 2000

Aquel día comenzó como todos  los demás,  sentado en la barra de la cafetería que había junto a la Comisaría y disponiéndose a tomar su escueto desayuno, consistente en un café descafeinado con sacarina y un cigarrillo americano extra largo. Al subinspector García ese primer café de la mañana  le sentaba  de lujo, sobre todo  si lo iba saboreando mientras leía con detenimiento los titulares de las noticias de prensa. Rápidamente fue desechando todas aquellas  páginas  que no informaban del homicidio del día anterior, hasta que apareció ante sus ojos un escueto titular informando del hecho. Leyó la noticia absorbiendo cada frase, cada palabra, e intentando mirar más allá de lo que las líneas de imprenta le ofrecían a simple vista. “MONJA AGUSTINA DEL MONASTERIO DE LA ENCAR- NACIÓN BRUTALMENTE ASESINADA”. Dos líneas más abajo, después de la fecha de la publicación y del nombre de su columnista, aparecían algunos detalles más precisos y no tan sensacionalistas.

— ¿Habéis leído lo del motel? —preguntó García a algunos compañeros  que estaban  sentados a su lado.

Mientras  los allí presentes  comentaban el caso y aportaban sus propias  conjeturas acerca del móvil del crimen,  en una esquina  del bar y apartado del resto se encontraba el inspector  Hermida.

Hermida era un  policía  venido  a menos,  y se había  ganado  a pulso  el apodo de “lobo  solitario”.  Sin embargo, y sin que sirviera de precedente, por alguna razón que aún no tenía claro la conversación que estaba  escuchando le recordaba algo de su pasado.  Aquel nombre, Monasterio de La Encarnación de las monjas Agustinas Re- coletas, le era familiar.  Era la segunda  vez en su vida que escuchaba el nombre de ese convento.

El teléfono  sonaba insistentemente en el despacho del comisario de la Comisaría Sur del Distrito 4. A esas horas intempestivas, el ajetreo de un día normal comenzaba poco a poco a cobrar vida.

—Alberto Hernández al teléfono, dígame —el comisario se sentó en su cómodo asiento de cuero azul dejándose caer descuidadamente en él.

—Soy yo, Alberto —una voz profunda, grave y familiar hizo que a esas horas de la mañana el estómago del comisario se encogiera.

— ¿Cuántas veces te he pedido que no me llames aquí? —le con- testó visiblemente irritado  después de unos segundos  interminables de silencio.

— ¿Te has enterado de lo del motel?  —la masculina voz queda estaba cargada de preocupación.

— ¡Claro que me he enterado! —respondió bajando el tono de su voz mientras miraba  por encima de sus gafas para cerciorarse de que no era el centro de atención de nadie. La irritación  del comisario iba en aumento—. Lo sé desde ayer. ¿Dónde  narices te habías  metido? Me pasé todo  el día llamándote.

—Estaba en Zaragoza realizando un dichoso  seminario. Pero eso ahora no tiene importancia. Vayamos al grano: ¿qué hay de cierto en lo que dice la prensa?

—Luis, si el cuerpo de la mujer que hemos  encontrado se corresponde con el del DNI que tenemos… — hizo una pausa. — Lucrecia está muerta.

— ¡Dios Santo! ¡Eso no puede  ser! ¿Pero qué hacía esa mujer en ese motel? ¿Y qué se sabe de su asesinato?

—No lo sé, Luis. Lo único que puedo  decirte es que se la encontró el dueño del motel  en la habitación número 13 —contestó.

— ¡Mierda!  ¿Qué me estás diciendo?  ¿Estás seguro de eso? —La irritación  y cierta desesperación eran palpables en su voz—. Alberto, cierra el caso cuanto  antes, te lo pido por favor.

—Luis, veré lo que puedo  hacer, pero no vuelvas a llamarme más aquí. ¿Entendido? —añadió, colgando sin miramientos.

En el interior  del convento el ir y venir de hábitos por todas las de- pendencias anunciaba el día de la limpieza  general: el claustro,  la sala de las reliquias, la sala capitular,  el altar mayor, la repujada sillería del coro, del siglo XVII, la biblioteca, la cocina, los dormitorios, los despachos y la iglesia, todo  debía limpiarse  religiosamente cada lunes,  sin excepción,  aunque se realizaba  un repaso  el resto de los días.

Ajeno a este trajín, el Padre Damián cayó en la cuenta del post-it dejado  a toda prisa sobre su escritorio  el día anterior, que con todo el trasiego de los recientes acontecimientos se le había olvidado por completo. Una vez que terminó de arreglarse la sotana,  se sentó  en su sillón  con el mismo cuidado del que siempre  hacía gala y pulsó el interfono para convocar a la  Madre Abadesa a la mayor brevedad. En un suspiro la Madre Abadesa estuvo sentada  enfrente del párroco esperando indicaciones. El sonido impertinente del teléfono  sobre- saltó a la sexagenaria. También  se asustó el Padre Damián, que golpeó el teléfono  tirándolo al suelo.

—Monasterio de La Encarnación —contestó finalmente mientras recogía el auricular  y levantaba el cable con cuidado para no tirar nada más de la mesa.

—Soy el obispo  Luis Almor. Lucrecia, la Madre Superiora, ha sido brutalmente asesinada. El caso está cerrado por orden  del comisario Alberto Hernández —la voz queda  escupía  esas duras  palabras  sin ninguna contemplación—. Padre, le rogaría máxima  discreción.

— ¿Monseñor…? ¿Monseñor…? —el Padre Damián se quedó  con la palabra en la boca y tardó unos segundos  en reaccionar. En el otro lado de la línea telefónica  sólo se escuchaba  ya el pitido  familiar de una llamada cortada.  Habían colgado sin esperar respuesta.

—Padre, ¿quién es? ¿Pasa algo? —ante el angustioso silencio que se estaba apoderando de la habitación, la Madre Abadesa se esperaba lo peor.

El sacerdote  colgó el teléfono  y tragó saliva.

—La Madre Superiora  ha muerto. Ha sido asesinada —dijo con semblante compungido.

La cara de la Madre Abadesa se vio trasfigurada  a una expresión de horror  al recibir la dura noticia.  Lágrimas de pesar recorrían  sus dos rollizas mejillas.  El Padre Damián se levantó  como  pudo  de su asiento ofreciéndole un vaso de agua a la vez que su propio pañuelo para que secase las lágrimas. La monja no podía parar de llorar: había convivido  con Lucrecia casi toda su vida y, a pesar de sus tiranteces, la convivencia  diaria le había  enseñado a aceptarla  tal y como era.

—Tenemos  que ser muy discretos  con este tema  —las palabras del Padre  Damián sonaron como  un  latigazo  en  los oídos  de la Madre Abadesa.

— ¿Me está usted pidiendo, padre, que no diga nada al resto de la congregación?  —preguntó, modificando su postura  encorvada  por otra  más  enérgica,  al mismo tiempo que  le devolvía  el pañuelo.

Haciendo un gran esfuerzo  aguantó para sus adentros las ganas de llorar  y se atrevió  a insistir—: Padre  Damián, perdone mi atrevimiento: ¿le he entendido mal o he de suponer que me está pidiendo que la información no salga de entre estas cuatro paredes?

El sacerdote la miró fríamente y, recordando las palabras de Monseñor, le contestó.

—Me ha entendido perfectamente. Por mi parte, pienso  que de momento sería más conveniente para el devenir del convento mantener  el secreto entre  nosotros. El cerrar el caso de esta forma  tan inesperada… no sé a usted, pero a mí no me parece nada normal.

Guardando silencio, el sacerdote esperó paciente  la respuesta  de la monja.

—De acuerdo,  padre. Por mi parte, nadie en el monasterio sabrá de la muerte  de la Madre Superiora  hasta que usted me lo indique.

—A pesar de que el obispo  me ha pedido encarecidamente que guardásemos la máxima discreción,  yo tengo un amigo que me debe un gran favor y podríamos contar con él para que fuera nuestros ojos fuera del convento. Confíe en mí, madre;  lo conozco  hace muchos años y sé que Óscar Hermida no nos defraudará.

El comisario Alberto Hernández, tras colgar de malas maneras, salió volando de su despacho.

—Laura, anula la cita de las diez de la mañana y no me pases llamadas  a mi móvil  si no son importantes —ordenó a su secretaria mientras se subía la cremallera  de su chaqueta.

Con el dedo  puesto  todavía  en el botón del ascensor  empezó a sonar su móvil. Sin mirar quién  era, contestó con su amabilidad habitual. De nuevo, la voz queda le hablaba sin darle tiempo apenas de formular el saludo  de cortesía.

—Soy yo otra vez, Luis.

—Ahora no puedo  —contestó rápida  y escuetamente para que el otro no notara  la reacción de aversión que su llamada le provocaba—. Precisamente me pillas dirigiéndome al Instituto Nacional Forense, voy a identificar  el cuerpo  —voceó de forma  desmedida para mitigar  el ruido de las máquinas de bebidas cercanos, poniéndole al corriente de su nula disponibilidad.

—De acuerdo.  Mandaré  dos personas  de mi confianza para la identificación del cadáver. No dejes de llamarme cuando confirmes lo que me has dicho; confío en ti como siempre —la voz al otro lado de la línea sonó algo más relajada que antes.

El comisario cogió el ascensor hasta el parking de la comisaría  y, tras arrancar  su flamante Audi A8 negro,  se dirigió  con muy pocas ganas a la identificación del cadáver de la supuesta  monja.

El subinspector García estaba en la puerta  del Instituto Nacional Forense junto  a Marta. Los dos repasaban con su libreta  todos  los apuntes que había  escrito el día anterior, esperando pacientemente a que su superior les diera la orden para poder empezar la investigación.

— ¿Está todo preparado? —preguntó el comisario nada más verlos mientras con un leve movimiento de cabeza los daba por saludados.

—No lo sé, acabamos de llegar, pero supongo que la tendrán lista para la identificación —contestó García.

Los tres se dirigieron por los largos pasillos  fríos y antisépticos de la morgue,  para estar presentes  en la identificación del cadáver junto  a los testigos convocados. Cada vez que entraban a ese lugar, el cuerpo  se les estremecía.  Para la compañera del subinspector era la primera  vez y García, en voz baja, le iba dando concisas instrucciones para mitigar en lo posible  el mal trago que se le avecinaba.

La Madre Abadesa, con resignación pero con la profesionalidad propia después de tantos  años en el monasterio, se retiró a meditar a su habitación.

El Padre Damián esperó a quedarse  a solas, descolgó el teléfono rápidamente y, mirando una  pequeña agenda  telefónica,  marcó  el número de su amigo el inspector.

—Hola, soy Damián. ¿Te acuerdas de mí?

—Cuánto tiempo sin escuchar tu voz.

—Mucho, la verdad —reconoció el sacerdote.

—Pero supongo que no me llamarás  para saludarme. ¿De qué se trata? —le preguntó el policía.

—Por teléfono  no —respondió—. Nos vemos en el barecillo que hay junto  al lago del Parque del Retiro.

—Pero… ¿estás bien?

—Sí, pero necesito que nos veamos cuanto  antes.

—Está bien, Damián. ¿A qué hora?

—A las diez de la mañana. Óscar, ha llegado el momento de que me devuelvas el favor de la primavera  del setenta y cinco.

—De acuerdo,  allí estaré.

El médico  forense,  ataviado  con  un  uniforme verde, un  fruncido gorro, una bata de fino papel de color blanco y unos guantes de látex, esperaba  la llegada del comisario, escoltado  por dos sacerdotes  vestidos de calle pero con sus alzacuellos bien a la vista. Antes de entrar, el médico  vio necesario  dedicarles  unas palabras.

—Les advierto—dijo dirigiéndose a los dos sacerdotes—  que el espectáculo  y el olor no son muy agradables.  Por favor, antes de entrar a la sala pónganse un poco de crema —comentó al tiempo que señalaba unos tarros amarillos— cubran  sus fosas nasales, así evitarán algún que otro momento desagradable. No deben  tocar el cadáver, más  por  cuestiones  higiénicas  que  para  evitar distorsionar la investigación. Si están interesados en la observación de alguna zona en concreto,  no tienen  más que indicármelo y yo se lo mostraré.

La habitación era muy amplia  y la diferencia de temperatura con el exterior era más que notable. Los carritos, repletos de instrumental quirúrgico, las sierras, los trituradores eléctricos y demás  accesorios estaban perfectamente colocados  sobre bandejas haciendo silenciosa compañía a tres cuerpos  que esperaban su identificación. A Marta aquel  panorama le produjo un  repentino escalofrío  que  recorrió todo  su cuerpo  sin poder  controlarlo. Los dos curas se santiguaron nada  más entrar; uno  sostenía  con ambas  manos una Biblia mientras el otro jugueteaba mecánicamente con las cuentas de un rosario de madera.

El doctor, sin mediar palabra alguna, inició el protocolo habitual: antes de descubrir  el cuerpo  miró  al comisario en espera de un imperceptible asentimiento de cabeza que le indicara que podía proceder. Retirada la lona que cubría el cadáver, los primeros en reaccionar fueron los dos sacerdotes, que giraron sobre sí mismos, incapaces de soportar aquella  terrible imagen,  y mucho menos  de identificar  a la víctima. La mujer yacía desnuda decúbito supino sobre una camilla de aluminio. Lo más impactante eran las catorce hendiduras en su cuerpo, como cráteres volcánicos donde horas antes habían brotado pequeñas vías de lava sanguinolenta.

—Tras el primer  estudio  preliminar, la causa  principal de  la muerte parece ser un golpe con un objeto contundente en el parietal derecho  del cráneo.

—Entonces… ¿Qué quiere decirnos? ¿Que no murió de asfixia? —le interrumpió el subinspector.

— ¿Qué parte de la explicación no ha comprendido?—contestó el forense secamente, continuando su exposición  sin hacer más comentarios—. Lo que nos ha extrañado, al dejar visible el cuero cabelludo de esa zona, es precisamente la existencia de tres pequeñas marcas — las miradas  de los asistentes  se clavaron inmediatamente en la zona señalada por el forense—. En cuanto  a los desgarros provocados por la incisión  de los crucifijos, la víctima no tuvo conciencia  de ello ya que para entonces estaba muerta.

— ¿Estás bien?  —le preguntó García a su compañera al notar como un fuerte escalofrío hacía temblar su cuerpo.

—Sí, se me pasará en seguida —contestó Marta mientras intentaba relajarse.

El comisario estaba dándose cuenta de la escena.

—No se preocupe, Marta —dijo, uniéndose a la conversación—. En mi larga carrera he visto muchas  cosas, pero  le puedo  asegurar que ninguna como esta —comentó sin dejar de observar el cuerpo.

— ¿Es Lucrecia Domínguez Santos? —preguntó el subinspector García a los sacerdotes  sin perderles  de vista.

—Sí —contestaron los dos al unísono visiblemente trastornados, intentando mirar el cuerpo sin conseguirlo, aunque fuese por un instante—. Es la Madre Superiora del Monasterio de La Encarnación — sentenció el de mayor edad.

Una vez en el exterior, el comisario se despidió de los dos sacer- dotes, que aturdidos y con paso lento abandonaron el recinto. Nada más despedirse de ellos se dirigió sin contemplaciones al subinspector García.

—Olvídate  de este caso, García —la voz del comisario usaba un perfectamente estudiado tono  sereno  y se deslizaba  en el aire tan sutil como el filo de una navaja de afeitar.

—Pero comisario…

—No me toques  los cojones,  García. El caso de la Madre Superiora del Monasterio de La Encarnación está cerrado.

III

21 de Mayo de 1975

En la Universidad Pontificia de Salamanca los alumnos de tercer año de Teología se preparaban para los exámenes  finales que tendrían lugar a principios de junio.  En el colegio mayor, en una de las habitaciones  compartidas, Damián seguía estrictamente el plan de estudio que le llevaría a ser sacerdote,  y que había  empezado con tan solo diez años cuando sus padres lo inscribieron en el Seminario de Mondoñedo, provincia  de Lugo, para estudiar  latín, humanidades y filosofía. Pronto  todos esos años de disciplina y dedicación verían el fruto de tanto  esfuerzo.

—Óscar no me puedo  creer que te marches. Tenemos mucho que estudiar —Damián volvía a ejercer de voz de la conciencia de su compañero  de cuarto.

—No te preocupes, sabes que a mí me cuesta muy poco aprenderme el temario y, además, he quedado para salir un rato con los de la facultad de medicina. ¿Te apuntas?

—No, gracias. Haz lo que quieras, tú sabrás, pero me parece que ese no es el camino que más te conviene  ahora  mismo: primero deberías recoger tu lado del cuarto, que parece una leonera,  y después quedarte a estudiar.  Pero como  sé que no me vas a escuchar,  sobre todo  hazme  el favor de no venir borracho como  la última  vez, que luego la habitación huele que apesta.

—Mira que eres plasta. Ni te imaginas  las ganas que tengo de que se acabe la carrera y te nombren de una vez sacerdote,  Damián.

—Yo también tengo ganas de acabarla y verte por fin con los hábitos  puestos.  Eso significaría  que Dios ha conseguido marcarte  el camino correcto. Ese día no me lo voy a creer. Anda, no tardes, ¿vale?

Damián volvió a bajar la cabeza sobre el libro de estudio.  A pesar de todas las discusiones que tenía con Óscar, además  de ser su compañero  era uno de sus mejores amigos y siempre le perdonaba todo.

A las tres de la madrugada Óscar volvió a la habitación con los nervios a flor de piel. A pesar de ello estaba inusualmente sobrio.

—Damián, Damián, despierta,  por favor —exclamó mientras zarandeaba a su compañero.

— ¿Qué pasa? ¿A qué viene todo  este jaleo?

—Tengo un problema muy gordo  —le dijo mientras no paraba de moverse de un lado a otro de la habitación como si de un león enjaulado  se tratase.

— ¿Te puedes  tranquilizar, hombre de Dios, y contarme ese problema tan grave que tienes? —Damián se levantó de la silla y se sentó en su cama haciendo que su amigo hiciese lo propio junto  a él.

—No puedo  tranquilizarme.

— ¡Para! —Gritó Damián—. Vas a despertar  a todo  el mundo.

—No puedo, he metido la pata hasta el fondo.  Cuando te cuente lo que he hecho…  no te lo vas a creer.

—Trata de tranquilizarte y cuéntamelo. Ya verás cómo  el problema  se puede  solucionar.

—He dejado embarazada a una chica. ¿Qué va ser de mi futuro ahora? El silencio  se adueñó de la habitación. Después  de una  larga y meditada pausa, Damián se atrevió a romperlo.

— ¿Me lo puedes repetir, por favor? Es que estoy un poco aturdido por las horas  que son y no sé si he oído  bien  lo que me acabas de decir.

—Has oído a la perfección: he dejado  preñada a una chica. Damián se quedó  paralizado, helado  como  un  carámbano de hielo.

— ¡Bendito  sea el Señor! —Suspiró desde lo más profundo de su alma.  Era la primera  vez en su vida que  no  sabía  ni qué  decir, ni cómo actuar; ni siquiera tenía fuerzas para reprocharle nada—. ¿Qué vas hacer ahora?  —Preguntó casi en un susurro—.  Y la chica, ¿qué dice de todo  esto?

—La chica se llama Cristina, tiene diecisiete años y es de una familia muy religiosa. Aún no saben nada de lo ocurrido.

— ¿Y qué vais a hacer? —volvió a preguntar nuevamente.

—Tienes que ayudarme, amigo,  no sé qué hacer. Damián, te lo pido por favor.

Otro silencio, en esta ocasión más prolongado, mantuvo a Óscar sin apartar  la vista del suelo.

—Está bien.  Te voy a ayudar,  pero una  vez terminado todo  esto no quiero saber nada más del tema ni de ti. Tan sólo lo haré bajo una condición: que te plantees  seriamente dejar la carrera —al escuchar ese ultimátum, los ojos de Óscar se elevaron clavándose  en la cara de Damián con cierta muestra  de asombro expresada en su mirada.

— ¡Pero… Damián! ¡No puedo  creer que…! ¡Pídeme lo que quieras, pero eso no! ¿Sabes lo que significaría el dejar todo  por lo que he luchado?  —La voz se entrecortaba por momentos— ¿De verdad me estás pidiendo que abandone la carrera?

—No creo que después de este episodio, estés preparado para seguir con esta carrera. Será nuestro secreto y jamás lo desvelaré, pero no puedes  seguir así.

—Pero amigo, eso no me parece justo….

—Ahora me hablas  tú de justicia. ¿Has sido justo tú con tus padres? ¿Y con tu palabra? ¿Y con la joven que has dejado embarazada? Son muchos los años que llevo estudiando y creyendo en la palabra del Señor para poder consagrarme con orgullo en el sacramento del sacerdocio,  y son actos como  el tuyo los que confirman que no es fácil conseguirlo. Pero llevas mucho tiempo pisando una línea muy delgada  y creo que esta vez te has pasado.  Yo no tendría  estómago para saber esto y ver que tú sigues con esta farsa, y conociéndote creo que tú tampoco.

Las palabras  de Damián cayeron como jarro de agua fría, y Óscar cayó en el más absoluto silencio, meditándolas.

—De acuerdo,  Damián, tú ganas. Quizás  este suceso haya tan solo acelerado  lo que en un futuro  se veía venir: para ser cura hay que tener la vocación que tú tienes y yo no. Está bien, abandonaré la idea de ser sacerdote,  creo que será lo más adecuado.

—Parece mentira que yo vaya a decir esto, espero  que Dios me perdone alguna vez. En Madrid, en el Monasterio de La Encarnación, yo sé que acogen a mujeres solteras embarazadas con pocos recursos y las ayudan a ser madres. Lo mejor sería que mañana mismo partierais hacía allí, estoy convencido de que es la mejor manera de solucionar esto —la voz de Damián sonó firme y contundente.

—No sé cómo te lo voy a agradecer. —en un impulso involuntario los dos amigos se abrazaron con todas sus fuerzas.

—Algún día me devolverás  el favor, pero  ahora  hazme  caso: el lunes, cuando me pregunten por ti en la facultad,  diré que por motivos personales has tenido que marcharte y que has abandonando la carrera.

La noche fue muy larga para todos.  Óscar fue a convencer a la joven de que la opción  de ir a Madrid era lo mejor para los dos, haciendo valer la diferencia de edad y su mayor experiencia. Damián, muy a su pesar, se encargó mientras tanto  de preparar  la maleta  con todas las pertenencias de su amigo.

Horas  más tarde, Óscar y Cristina  partieron rumbo a la capital. Nada  más subir al autobús, el comportamiento de los dos cambió por completo. Durante el transcurso que duro el largo viaje se comportaron como unos perfectos desconocidos, sin dirigirse la palabra ni una sola vez. Mientras  que Óscar no paraba  de darle vueltas a la cabeza intentando ordenar todas  las incógnitas sobre el futuro  que se le venían  a la cabeza, con la cabeza literalmente pegada al cristal del autobús, Cristina se aferraba con su mano izquierda a un rosario de cincuenta y nueve cuentas de madera  con la Cruz de Caravaca en el anverso y sus iniciales, C. M. Z., grabadas  en el reverso, al mismo tiempo que entre lágrimas escribía una carta a sus padres.

Una voz enlatada advirtió  a los pasajeros  que en cinco minutos llegarían a la estación.

— ¿Cómo  vamos  a llegar al convento ese? —preguntó Cristina entre sollozos.

—Mi amigo Damián me ha hecho un plano.  No te preocupes, lo encontraremos.

Después  de estar una  hora  caminando cada uno  con su maleta dieron  con el Monasterio de La Encarnación.

Óscar se despidió de Cristina antes de que entrara en el convento.

—Siento lo que ha pasado,  Cristina,  pero sigo pensando que es lo mejor  para los dos —Óscar ni siquiera  se atrevía a mirarla  a los ojos.

—Yo también lo siento, Óscar. No te preocupes, todo saldrá bien, hasta  siempre  —Cristina  se dio la vuelta y, sin más, se dirigió  a la gran puerta  verde de entrada. Un gran temor  inundó todo  su ser. El no saber lo que el destino le depararía entre aquellos  muros  la empezaba  a poner  nerviosa.

Tocó con los nudillos y un afable semblante apareció  ante ella.

—Buenos días, hermana, me llamo Cristina —dijo la joven, pre- sentándose ante la monja que le abría de par en par la puerta  invitándola a pasar—. ¿Es usted la Madre Lucrecia?

—No, querida —rió con ganas—. Yo soy la Madre Felisa, la portera. Más quisiera yo. La Madre Superiora está en su despacho. Acompáñeme por favor —con un revuelo de hábitos acordes con la alegría que aquella pequeña y rechoncha mujer transmitía, la condujo hasta el interior del convento, atravesando un verdadero laberinto de corredores, patios interiores  y pequeñas estancias casi despobladas de mobiliario.

—Buenos días hija, soy Lucrecia Domínguez, la Madre Superiora de este convento —una  monja delgada  de semblante enjuto  pero amable  sonrisa, le daba la bienvenida una vez dentro del despacho.

—Madre, yo venía a…

—Lo sé hija, lo sé. Si ese es tu deseo, ésta será tu casa a partir de ahora.

Pasándole la mano sobre  los hombros, con gesto protector, la Madre Superiora  empujó levemente a Cristina  a sus dependencias, cerrando  tras de sí la puerta  y creando  un eficiente muro  protector ante el curioso oído ajeno.