TE PROMETO


El sol que ilumina las tierras que vieron nacer la historia de amor más bonita que jamás haya existido, donde desde un castillo flotante acariciado por sus costas en forma de bata de cola, un joven cristiano sellaba su amor para toda la vida con una princesa mora, caía   lentamente en la ciudad de Alicante.

Como cada veinticuatro de junio y desde hacía ya dieciséis años, Alejandro se preparaba para disfrutar de los últimos coletazos de su fiesta “Les Fogueres de Sant  Joan” pero sobre todo de su gran pasión, “la Cremá”. Un mar de sensaciones contrariadas inundaban todo su cuerpo, que por alguna razón muy especial le hacían sentir en lo más profundo de su corazón, que esa noche sería inolvidable.   — ¿Estás preparado papá? —Le preguntó con voz susurrante y al mismo tiempo entrecortada, mientras se aferraba a él como cuando era un niño. Era la primera vez que Alejandro vocalizaba esa pregunta que durante tantos años le había hecho su padre la noche de “la Cremá”, antes de salir de casa.   Nada más poner un pie en la calle, y como si de un ritual se tratase, Alejandro cerró los ojos, inspirando profundamente una vez más como le había enseñado su padre, dejando que poco a poco, la fragancia del azahar y el olor a pólvora que recorría las calles alicantinas se apoderara de sus sentidos. Por un instante le pareció que podía respirar fiesta por todos los poros de su piel. En ese momento y sin saber cómo, su mente le hizo viajar al pasado. Un recuerdo vivo y vibrante de la infancia surgía espontáneamente con una fuerza imparable. «Papi súbeme a lo más alto como un remate de una hoguera». Sentado sobre los hombros de su padre, Alejandro de cuatro años de edad, lucía en su rostro una sonrisa de felicidad. Pasear de esa manera le hacía sentirse monumental, grande y sobre todo especial. Vestido para la ocasión con sus espardeñas blancas, su pantalón corto y su camiseta de la hoguera, estaba preparado para vivir una noche mágica.   La música de una Colla de Dolçaina i Tabalet que hacía su último pasacalle lo despertó de su recuerdo. Con un movimiento inocente de su palma, Alejandro secaba una lágrima de sus ojos verdes brillantes. Enseguida la melodía de las notas musicales del pasodoble que estaba sonando le hizo cambiar el gesto y emprender la marcha.   — No te lo vas a creer papá, pero estaba pensando en los días que de pequeño me subías a coscoletas y me explicabas todo lo que tenía que saber del mundo de las Hogueras y como poco a poco me iba haciendo mayor a tu lado. ¿Te acuerdas? — a pesar de su media sonrisa, sus ojos volvían a brillar—. Amante de esta pasión y gran maestro colmado de paciencia, me enseñaste a entender cómo amar a esta Fiesta; a mancharme con el barro mientras intentaba hacer mis primeras figuras; a jugar devastando el corcho con mi cepillo de púas; a pringarme las manos de moco verde, como yo lo llamaba, cuando parcheábamos juntos las figuras con el papel; a utilizar las herramientas, aunque de vez en cuando me chafara algún dedo, cuando a escondidas y sin que tú te dieras cuenta, cogía tu martillo intentando hacer los sacabuches tan rápido como tú; a pintar los ninots y las figuras abstractas y estilizadas con la gama de los colores; a dibujar en mi mente la composición de los monumentos y la majestuosidad de los remates; a respetar la tradición, la música de nuestra tierra pero sobre todo a comprender, que lo más bello de esta Fiesta era ver arder las hogueras en la noche de “la Cremà”.   Al doblar la esquina el monumento de la Hoguera Oficial hacia acto de presencia.   —¡Ahora…! Te voy a decir una cosa—una carcajada inocente se dibujaba en su cara—. Todavía no logro oler el aroma del azahar los días de Fiesta, por muchos intentos que hicieras por conseguirlo pero sabes que me encantaba que me contaras la leyenda de la cara del moro, una y otra vez. Y que sigo creyendo, que por amor, todos los almendros de las laderas del Benacantil florecieron por la Princesa Zahara y el joven cristiano.   La plaza del Ayuntamiento iba congregando cada vez más gente. Se podía respirar un ambiente festivo.   —Ya queda poco para “la Cremà”—le susurró a su padre—. Lo noto por el nerviosismo y el murmullo de la gente.   Como en el cuento de La Cenicienta, las agujas del reloj de la Plaza del Ayuntamiento, marcaban las doce de la noche. Con la primera campanada comenzaba el origen del encantamiento que Zeus, el Dios Griego del cielo y el rayo, al combinar mágicamente los cuatro elementos de la naturaleza agua, fuego, tierra y aire, creó un nuevo hechizo fascinante y misterioso al que llamaría “La Cremà”.   —   ¡Ahora! —Exclamó mirando hacia las estrellas.   Desde lo más alto del Castillo de Santa Bárbara, un rayo de luz en forma de palmera majestuosa, como pregonera oficial y formada por diez mil luciérnagas blancas, iluminaba por un momento el cielo de Alicante.   Un profundo y generalizado ¡¡¡Ohhh!!! Rompía el silencio de ese momento mágico. Desde ese mismo instante todo sucedería con gran rapidez.   —   ¡Que comience “la Nit del Foc”! —Chilló Alejandro a los cuatro vientos.   La mecha de la gran traca que rodeaba y prendía la hoguera oficial, era encendida. Un espectáculo pirotécnico de cohetes, palmeras de colores y efectos de sonidos hacían las delicias de los allí presentes. Las primeras llamas de fuego empezaban a asomarse tímidamente entre los ninots. Desde otros puntos de la ciudad se empezaban a oír otros castillos de fuegos artificiales.   —Se está quemando como a ti te gusta papá, de arriba a abajo — Alejandro sentía que su corazón latía más deprisa. Sus ojos nuevamente brillaban.   El fuego devoraba el agudo ingenio y el arte que el artista había plasmado con gran plasticidad, en la hoguera de todos los alicantinos. Las emociones y los sueños imposibles poco a poco pasarían al recuerdo. El resplandor y el calor que emitía la gran bola de fuego, hizo que la gente se retirase unos metros hacia atrás. Todos expectantes, esperaban ver como el fuego consumía gran parte del monumento para alcanzar el momento cumbre, ver caer el remate. La música de la Fiesta sonaba de fondo gracias a la banda municipal. Los bomberos acorralaban al fuego con sus mangueras. Una explosión de júbilo, aplausos y vítores fue el preámbulo de anunciar que el remate estaba a punto de desplomarse contra las cenizas.   Como un niño Alejandro comenzó a llorar. Era el momento de “La Cremà” que más le gustaba pero esa noche, precisamente esa noche, no le hubiese importado que no llegara jamás.   —Alex ¿Estás preparado hijo? —Aunque todavía quedaban restos de la hoguera por arder, el cordón de seguridad se abrió para que él pudiera pasar a los pies de las cenizas.   El Himno de Alicante sonaba de fondo. El agua poco a poco calmaba el fuego purificador.   —Es la hora…y tú mejor que nadie lo sabes —le susurró su padrino, jefe de bomberos y amigo íntimo de su padre desde la infancia.   Alejandro sintió como un latigazo de nostalgia, melancolía y tristeza recorría todo su cuerpo.   —Lo sé…—Un nudo en la garganta profundo y desgarrador apenas le dejaba articular palabra alguna—. ¡Padre…! —un reguero de lágrimas manaban sin desconsuelo—. —Padre tú me enseñaste que todo lo que añoramos en la vida es efímero, como los monumentos y las hogueras. Que ni siquiera los hombres tenemos el privilegio de ser eternos. Que el amor y el respeto por esta fiesta perdurarán en nuestros corazones para siempre. Toda la vida has sido tú el que me has traído en volandas a disfrutar de nuestra pasión, “La Cremà”, y hoy yo, tu hijo Alejandro, te he traído con orgullo. Me pediste que lo hiciera, y una y otra vez te contesté que nunca podría hacerlo —. Alejandro cogió un puñado de las cenizas de su padre, que guardaba en la urna desde hacía tres meses. Besó su puño cerrado y lo abrió con fuerza. Las cenizas de su padre y las pavesas que transportaban el alma de los ninots se entrelazaron gracias al viento. — ¡Papá te quiero! Hoy gracias a ti he entendido porque esta Fiesta es grande, porque nos atrapa y nos envuelve de esa manera. Te prometo que hoy te he sentido más cerca que nunca y este momento ha vuelto a ser nuestro —Alejandro lloraba sin parar, mirando como las cenizas de su padre acariciaban el cielo —.Te prometo que algún día sentiré el olor de la flor del Azahar por las calles de Alicante —con sus manos intentaba secarse las lágrimas de su cara pero era imposible, se iba su mentor, su maestro, su padre —. Te prometo que he podido disfrutar contigo como siempre y ese es el mejor regalo que un alicantino amante de esta fiesta puede tener, disfrutar de los suyos aunque no estén presentes en la noche de “La Cremà”.

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